Ser jefe de nuestra propia vida

Esta mañana leía en twitter una frase de la actriz estadounidense Kerry Washington que ha llamado mucho mi atención y que me ha hecho enlazarlo con mi nueva situación de samurai: “Puedes ser la jefa de tu propia vida”.

¿De verdad puedo? ¿Tengo la suficiente capacidad para decidir en todo momento sobre el curso de mi vida? Quizás en todo momento sea excesivo, hay muchas veces que nos vemos arrastrados por las circunstancias que nos rodean (ya lo dijo Ortega y Gasset, “yo soy yo y mis circunstancias”) pero la clave está en poder elegir nuestro camino en la mayor parte de las ocasiones o, como mínimo, no vernos coaccionados a actuar de una forma que nada tiene que ver con nosotros mismos.

He llegado a la conclusión de que no podemos contentar a todo el mundo porque esto sólo nos lleva a un permanente estado de ansiedad y, lo que es peor, a hacernos daño a nosotros mismos. Debemos ser coherentes con el mundo y con nosotros, no está bien seguir dictados de otros poniendo en riesgo nuestra propia vida porque, al final, perdemos mucho más de lo que ganamos.

Debemos aprender que, si decimos que No a ciertas cosas, no estamos defraudando a nadie. Decir no simplemente supone saber elegir el camino, no nos demoniza ni nos convierte en peores personas. Tan sólo debemos saber cómo decirlo porque, elijamos lo que elijamos, nuestras formas pueden hacernos perder la credibilidad y la razón. Y no es tarea fácil, en ocasiones tenemos que desaprender toda una vida para volver a construirla; romper unos pilares que pueden llevar con nosotros décadas; desestabilizarnos para volver a encontrar el punto de unión con nosotros y con los demás. Caeremos, miles de veces, pero lo importante será aprender a levantarnos, a sacudir el polvo de nuestras rodillas y continuar el camino.

Ser jefe de nuestra propia vida no supone mucho más que poner nuestras propias reglas, dictar nuestra historia y elegir nuestro camino con sus flores y sus piedras porque nadie dijo que vivir fuera fácil. Carreras, horarios, exigencias…en su justa medida y siempre que nos ayuden a conseguir nuestras metas pero jamás como yugo que impida a nuestras alas levantar el vuelo.

¿Y cuál puede ser la clave? Yo aún no la domino, estoy en pleno proceso pero no debe ser muy distinta de conocernos, saber dónde están nuestros puntos fuertes y débiles; respetarnos, no tenemos mayores enemigos que nosotros mismos; y, sobre todo, querernos porque nadie nos querrá más ni luchará más por mí que yo misma.

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