La pieza que falta

Nunca encajaba y mira que apretaba, forzaba y sudaba para que la puñetera pieza entrara. Pero no lo hacía, nunca lo hacía. Aquel puzzle no era el mío, estaba claro, pero aún así seguía intentando meter mi pieza. Y claro, mientras más insistes, más frustración sientes. Sabes que no es tu juego y, en cambio, coges una lima y empiezas a limar los bordes, a ver si así moldeas un poco la pieza para que ocupe ese sitio.

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Pasas tanto tiempo encajando la pieza que llegas a pensar que no había en el mundo puzzle para ella, que lo mejor era olvidarse de ella y, simplemente, arrumbarla en el fondo de un cajón. Y lo haces, la metes en ese cajón donde sólo entran líos y publicidades de restaurantes de comida rápida por si un día no tienes ganas de cocinar. Pero nunca llamas al restaurante ni te vuelves a acordar de tu pieza.

Te acomodas a vivir sin el juego perfecto. O, simplemente, te acomodas…sin vivir. Zona de confort que le llaman hoy, cueva donde esconderte que la llamaría yo.

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Hasta que aparece un puzzle y ves que le falta justo la pieza que tu tienes, esa que se ha pasado los años intentando encajar. Revuelves el cajón, lo pones todo patas arriba, hasta que das con ella. Y con tu pieza en la mano y una gran sonrisa en la cara, dejas que se complete el puzzle.

 

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