El día que paré el metro…

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Aunque penséis que el título es para captar vuestra atención, nada más lejos de la realidad. Hace 10 años yo paré un metro…en París…pero no adelantemos acontecimientos, mejor será que os cuente qué pasó aquel día de agosto de 2007…

Aquel día había estado conociendo o quizás sea mejor decir saboreando Montmartre…aquel campo de los mártires, coronado por el imponente Sacré Coeur, reconvertido en el barrio de la Bohème, de los pintores de la Place du Tertre, de los cabarets, de los molinos (rojos, verdes, marrones,…), de las tiendas para turistas y de los sex-shops de la Place Pigalle…de la inspiración más melancólica. Me había dejado embriagar por aquellos rincones, había llorado, me había inspirado,…había sido feliz. Pero llegaba la hora de volver a la que por entonces era mi casa en el metro.

Estaba tan cansada que me quedé ensimismada (queda mucho mejor que decir que me quedé dormida) y cuando me quise dar cuenta, en el metro sólo estábamos mi pareja y yo y el metro se adentraba por un túnel oscuro hacia las cocheras…sentí miedo.

El miedo nos paraliza o nos hace reaccionar desproporcionadamente para protegernos…y eso hice, me levanté de un salto del asiento en el que estaba y tiré de la palanca roja que estaba sobre la puerta, junto a un cartel que indicaba que sólo debía usarse en caso de emergencia…y para mi realmente lo era, no estaba dispuesta a pasar la noche en un vagón de metro en el subsuelo de París. Mi pareja me miraba entre sorprendido y divertido, parece ser que él tenía la situación mucho más clara que yo.

El tren frenó en seco chirriando y a los pocos segundos apareció el conductor gritando improperios en francés (ahora que lo pienso, le tenía que haber dicho “los tuyos, por si acaso”) pero vió mi cara desencajada y me explicó, como pudo, que el tren no iba a cochera sólo se adelantaba a una zona donde hacía un cambio de vía y volvía a salir. No tenía más que esperar unos minutos en el vagón y podríamos bajarnos sin problemas…y así fue pero esta historia quedó como una anécdota divertida de mi actitud cateta (os recuerdo que en aquellos años Sevilla aún no tenía metro).

Y hoy he recordado ese momento.

Los recuerdos son así, aparecen cuando lo menos lo esperamos pero, quizás, cuando más los necesitamos.

He recordado todas las veces que tengo miedo y que, en lugar de reaccionar aunque sea de la forma más absurda o más loca, me he escondido. Son demasiadas. Tengo esa tendencia a meterme en mi propio mundo (huir hacia adelante que le llamarían otros) y dejar que todo pase sin llamar demasiado la atención. Y no quiero, lo siento. Mi cuerpo y mi mente me piden que me rebele contra la parálisis del miedo, que tire de la palanca roja.

Una vez paré un metro…ya es hora de reaccionar.

 

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