La venganza de Catrina

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No volvió a hablar de México desde que se fue. Su marcha fue rápida y tormentosa. Tras el incendio de la hacienda se habían quedado solas y con poco para sobrevivir.
El fuego surgió de la nada en la medianoche del 31 de octubre y se había propagado con rapidez. Su madre fue a buscarla mientras su padre entraba en la habitación de Catalina. No volvieron a verlos. Las llamas no les dejaron salir de allí.

Desde el jardín, Manuela vio su vida reducida a cenizas mientras su madre la abrazaba.
Pocos recuerdos más le quedaban. Fueron días grises, se negó a hablar durante meses y pasaba las horas mirando una pequeña calavera que encontró entre los rescoldos del incendio sin saber de dónde había salido, jamás la había visto en casa ni siquiera en la habitación de Consuelo, la vieja criolla que las cuidaba y les contaba historias del día de los muertos ante el horror de su madre y la diversión de su padre.

La calavera tenía los colores favoritos de Catalina. El azul de su vestido de los domingos; el verde de sus ojos; el amarillo de su pájaro favorito, aquel que cantaba alegre cada amanecer para despertarla; el negro de su pelo; el blanco de las flores que le adornaban el pelo los días de fiesta… y dieciocho pétalos dibujados alrededor de sus ojos, como los años de Catalina. Se acostumbró a llevarla en el bolsillo sintiéndose a salvo con ella igual que cuando dormía con Catalina los días de tormenta. La echaba de menos.

La noche del primer aniversario del incendio soñó con ella. La vio con su traje azul y azucenas blancas en el pelo. Le tendía los brazos y ella corría para abrazarla, pero, al llegar a ella, no reconocía su cara sino la de la calavera. Se despertó sobresaltada, con la calaca apretada tan fuerte en su mano que las uñas arañaron su piel. Sobre su almohada encontró el diario de Catalina. Si las llamas acabaron con todos los recuerdos, ¿cómo era posible que ahora estuviera entre sus sábanas?

Abrió la libreta y sintió el perfume de Catalina adueñándose de cada rincón de la habitación. Su letra, sus dibujos, el “siempre Catrina” con el que firmaba. Todo era nuevo y diferente.

El sueño se repitió cada aniversario, cada vez más intenso, cada vez la veía más cerca, casi podía oír su voz, la sentía a su lado al despertar. El octavo año se acostó sabiendo que su hermana volvería esa noche. Se quedó dormida leyendo, el diario de Catalina.

Un fuerte olor a gasolina la despertó. Intentó moverse pero no pudo, se sentía muy mareada. A través de sus ojos entornados la silueta de su madre se hizo presente, regaba las cortinas y la alfombra mientras reía nerviosa y repetía que habían sido demasiados años para completar su venganza.

Mamá… —le dijo con voz pesada mientras ella se acercaba indicándole con el dedo que guardara silencio. Sintió como le tapaba la boca y la nariz con un pañuelo.

Demasiados años, pero merecerá la pena… —repitió rociando con gasolina toda la habitación—. Cuando entré a trabajar como doncella de vuestra madre no imaginaba que esto iba a ser así. Ella me habló del dinero que vuestro padre guardaba para vosotras y que sólo sería vuestro si al cumplir los 18 seguíais vivas…si no, todo el dinero volvería a las arcas familiares.

Salió de la habitación para volver segundos después con una vela y unas cerillas.

—Primero acabé con vuestra madre, ralladura de cristal en su comida cada día y la embolia hizo el resto. Tampoco fue difícil reemplazar su lugar, vuestro padre no era hombre para estar solo. —Miró con deleite la pequeña llama que bailaba en la mecha de la vela.— Tú apenas tenías unos meses, pero con Catalina fue distinto, me costó mucho trabajo que confiara en mí. El resto, bueno, ya lo sabes…al morir tu padre y Catalina, su herencia me correspondía… Feliz mayoría de edad, Manuela… —Acarició el pelo de la joven acercando la vela a las sábanas.

Cuando volvió en sí, Catalina agarraba las muñecas de su madrastra intentando que la vela no alcanzar el reguero de gasolina sembrado por la habitación. Forcejearon. Manuela, aterrorizada, apretaba la calavera sobre su pecho. Su madrastra estaba fuera de sí. La mirada desencajada, el pelo enmarañado por los violentos movimientos de su cabeza mientras luchaba por acabar su plan…

Los ojos vacíos de aquella calavera que soplaba diabólica la llama de la vela hasta apagarla lograron romper en mil pedazos su mente. Gritó con desesperación que Catalina había vuelto de entre los muertos para vengarse mientras los enfermeros la llevaban en volandas hacia el carruaje del psiquiátrico. Nunca salió de allí, vivió el resto de sus días observando la calavera que apareció en su bolsillo al salir de la casa.

Manuela esperó impaciente el siguiente aniversario. Catalina se despidió en sus sueños. Nunca más volvió a verla. Tan sólo la calavera y su diario “Por siempre, Catrina”.

6 Comentarios

  1. Muy bueno, Beatriz. Has sabido mezclar el terror sobrenatural con el terror más mundano, y en ocasiones más terrible, como es el de ese asesinato de la codiciosa madrastra. Para, al final, dejarnos a la protagonista con las nefastas consecuencias para su mente. ¡Tremendo! Un abrazo!

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