Con la venia de Noviembre

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TEXTO PUBLICADO ORIGINALMENTE EN LA EXTINTA WEB LA VENIA

Noviembre es el mes de los difuntos.

Mientras muchos continúan protestando por la aparición de brujillas y mini vampiros por nuestras calles, el día 1 de noviembre amanecemos en los “Tosantos” que precede al día de los difuntos que, casi sin pena ni gloria, celebramos el día 2. Estamos acostumbrados a Tenorios, a huesos de santo y a visitas al cementerio así como a ver a nuestras Dolorosas luciendo atuendos de luto pero desconocemos por completo el cómo y el por qué de estas tradiciones.

Sin duda, debemos comenzar por la celebración del Día (o mes) de los difuntos que, para sorpresa de todos, no es algo exclusivo del cristianismo sino una herencia de culturas anteriores como la celta, la romana. El por qué de su celebración a primeros de noviembre es, ni más ni menos, que porque se celebraba el año nuevo celta con un homenaje a los difuntos. Durante los inicios del cristianismo, la celebración en honor de los difuntos se hacía tras el día de Pentecostés y no fue hasta el siglo XII cuando se instaura en el día 2 de noviembre.

Tampoco es cierto que el negro sea el color del luto por excelencia. Hasta la Edad Media, las reinas lucían atuendos blancos en los entierros manteniéndose en España esta costumbre hasta el siglo XVI.

Es en el mismo siglo XVI cuando comienza la tradición de vestir a las Dolorosas de luto de la mano de Doña María de la Cueva, condesa viuda de Ureña, dona sus ropas de luto para vestir a la Virgen de la Soledad de Gaspar Becerra que se encontraba en el Convento de la Victoria de Madrid (destruida en 1936). Se trataba de los atuendos que las damas de la alta sociedad lucían tras el fallecimiento de un familiar con rostrillos y tocas blancas junto con faldas y mantos negros. Tanto en la pintura sacra como en los retratos de familias nobles podemos encontrar ejemplos significativos de estas semejanzas.

El impacto causado de esta nueva iconografía que rápidamente se extendió por toda la península (así como los territorios conquistados).

Como el resto de atavíos que lucen nuestras Dolorosas, los ternos de luto se han ido adaptando a las modas ampliando la gama cromática usada incorporando el azul marino o el morado, color que desde el Concilio Vaticano II se emplea en las celebraciones de difuntos eliminando los tradicionales símbolos en negro que se usaban hasta la época.

Hoy nos sorprenden las Hermandades que arriesgan y vuelven a vestir a sus Titulares con atuendos propios de siglos anteriores como por ejemplo sucedió con la Virgen de la Victoria de Cigarreras. Esos trajes de inspiración monacal, muy similares a los hábitos monjiles no se trata de un intento del vestidor de turno por hacerse notar o por jugar a las muñecas sino un guiño a otros momentos históricos, ni mejores ni peores, simplemente diferentes.

Sé que al leer esto, muchos pensaréis: “perfecto, pero que cada vez las vestimos de luto antes…”. Bueno, este hecho poco o nada tiene que ver con el significado sino con el hecho de que los calendarios en las Hermandades y las agendas de los vestidores cada vez tienen menos huecos libres por lo que se adaptan como buenamente pueden aunque tengamos la sensación de que todo se va adelantando cada vez más.

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