Las escaleras del desván

Nunca me gustó el sonido de las escaleras del desván del viejo internado de la colina, un escalofrío me recorría cada vez que la Hermana Salustia me mandaba a buscar las tizas o los cuadernos que se almacenaban en la última planta del caserón. Mis pies temblaban cuando la suela de mis gastados zapatos rozaban las desgastadas tablas.

Las escaleras eran empinadas y muy oscuras. Quizás el rincón más misterioso de toda la carcomida mansión. Al sentir el peso de nuestros breves cuerpos, el sonido hueco y seco de sus tablones alimentaba al eco repitiendo hasta el infinito su siniestro quejido. 

A los pilluelos del pueblo les gustaba transgredir la desgastada norma del cartel de la entrada donde, aun con dificultad, podían leerse las desdibujadas letras “Propiedad privada. No pasar” para corretear sobre la desgastada escalera, liberando sus corroídos sonidos. Las monjas corrían tras los pillos remangándose sus hábitos con una mano y sosteniendo amenazantes escobas con la otra levantando a su paso nubes densas de polvo y telas de araña. 

Un día, el primer escalón dejó de sonar. Nadie pareció notarlo como tampoco notaron la desaparición de uno de los pillos del pueblo. El escalón seguía luciendo viejo y desgastado pero su quejumbrosa queja había desaparecido. Días después fue el segundo el que enmudeció. Y el tercero, el cuarto…el decimonoveno. Casi sin darme cuenta, escalón a escalón, la escalera fue guardando silencio a la vez que los pillos iban abandonando las callejas del pueblo. Tan sólo el último escalón guardaba el recuerdo de su sonoro pasado. 

La tarde que la Hermana Salustia volvió a mandarme por tizas, subí la escalera confiado. El ruido se había marchado y ya no tenía por qué tener miedo. Mis pies se aventuraron en la subida hasta sentir el crujido del último escalón mientras un fuerte ruido metálico se mezclaba con el sonido de huesos al quebrarse. Nunca me encontraron pero desde entonces, el último escalón guardó silencio eternamente.

4 Comentarios

  1. Jo, Beatriz, creo que este relato lo hubiera firmado el mismo Stephen King. Esa escalera es un personaje propio, la materialización de los miedos infantiles que finalmente acaba poseyéndolos. Excelente ambientación y muy buen cocinado de ingredientes clásicos como el internando, monjas, desván, escaleras ruidosas… Un abrazo!

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