Sin Pij(y)ama

covid-19

La cuarentena me ha pillado mal de pijamas y con una crisis capilar. 

Lo segundo me hace ir despeinada por la vida aunque me empeñe en cepillarme el pelo. Pero, cuando llevas el pelo muy corto, nadie te cuenta que hay una época muy mala cuando decides dejártelo largo. Y aquí ando, con los mismos estilismos capilares de Devon Sawa cuando hizo de Casper. Un cortecito que no se lo deseo ni a mi peor enemigo pero, eso sí, con un color zanahoria monísimo gracias a un tinte del Mercadona que compré antes de que nos dijeran que nada de pasearse. Así que, entre horquillas y diademas, intento disimularlo, aunque no siempre lo consigo.

Lo primero no lo he visto venir. Uno demasiado abrigado para esta época del año; otro lleno de tinte, que no hay una vez que me tiña que no me cargue algo;y otro sin elástico en el pantalón y, como no puedo salir a comprarlo, lo tengo amarrado con un lado. Menos mal que los Reyes, que son Magos, ya se olían el percal y me echaron uno nuevo este año, el único decente que tengo porque, de no haber sido así, iría por el mundo como Becky G, sin piyama y no anda la sanidad como para resfriarse por gusto. 

Así que, sin más remedio, me tengo que vestir (casi) todas las mañanas. Esto me ha llevado a tirar de ropa de deporte y, ¡oh sorpresa! tengo las mallas que ni para trapos. Cada tarde intento hacer un poco de ejercicio en el salón, dando carreritas para acá y para allá como si tuviera un comedor de veinticinco metros pero con el miedo a que las mallas no resistan. Las sudaderas es otro cantar, esas se las robo al marido que es mucho más previsor que yo y las tiene a decenas pero, claro, parezco la prima del Espantapájaros del Mago de Oz.

Un verdadero despropósito estilístico que no sé como solucionar. Seamos sinceras, a las siete de la mañana, una no tiene ganas de emperifollarse para pasar ocho horas sentada en una habitación sin más compañía que una pelota de fitball demasiado grande. Lo de vestirse está muy sobre valorado, total no va a venir nadie a vernos. Por no llamar a la puerta, ni los testigos de Jehová lo hacen. 

Pero no pasa nada, en esta cuarentena estoy intentando sacar mi lado zen y, con malos pelos y vestida para la recogida de chatarra, hago un directo cada mañana en mi Twitter porque, quién dijo miedo, yo lo valgo que diría L’oreal. Prometo que ducharme y lavarme los dientes lo sigo haciendo, que una puede ser la Bruja Avería de los siniestros pero nunca el Señor Barragán.

Eso sí, el día antes de que nos mandaran a quedarnos quietecitos en casa, arrastrada por la vergüenza ajena de no tener mi despensita con cienes y cienes de rollos de papel higiénico, me fuí al DIA, al MERCADONA y no me fui al LIDL porque me quedaba más lejos y ya se hacía tarde. Como mujer previsora que soy, aunque nadie lo diría por mi fondo de armario, hice buen acopio de cerveza y vino. Si algo tengo claro en esta mitad de treintena, es que una ir por la vida despeinada, sin pintar (aunque, a quién voy a engañar, si me pinto tan poco que, cuando lo hago, no es un arreglito, es una restauración del IAPH) y con pijamas viejos pero nunca sin vino.

beitavg treintañera

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