Hasta el corral

Cuando visitaba a la Señá Encarna, siempre encontraba la puerta abierta. Desde la puerta del zaguán le gritaba “¿se puede?” y, como el eco que va y viene, desde dentro de le escuchaba decir “hasta el corral”. Era el código secreto para lanzarme por el pasillo hasta la cocina del cortinal.

La ropa oreándose bajo el alpendre, las gallinas picoteando en el corral y en el aire, el olor a matalauva de los roscos que, con suerte, devoraría en la merienda.

Luego, me daba un trozo de trapo y me ponía en la Singer. Los pies apenas me llegaban al pesado pedal de hierro pero la Señá Encarna me ayudaba con el manejo de aquella máquina que iba a servirme para llevar unos cuartos a casa.

El día que acabé mi primer vestido, la Señá Encarna no pudo verlo. Sus ojos se habían apagado entre las agujas pero con sus dedos recorrió los rectos caminos de puntadas que formaban cada costura. Con una sonrisa en los labios y una mano sobre mi hombro me espetó “ea, ya puedes decirle al Marcial que cargue con esta máquina del diablo hasta el corral de tu casa”.

Tras la máquina, salió la Señá Encarna envuelta en los lienzos que guardó con mimo para su entierro. Había muerto la modista del pueblo, los zurzidos se irían con ella pensé acariciando la Singer mientras, desde el zaguán, una voz gritaba “se puede” y yo, por instinto, le respondí “hasta el corral”.

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