Balcones

Los balcones siempre me parecieron un elemento tremendamente románticos de entre todos los que componen los edificios. Sin tener ninguna idea de arquitectura, jamás he entendido el esfuerzo de los diseños modernos por eliminarlos, reducirlos o alinearlos con el resto de la fachada. Tampoco entendía la necesidad de eliminarlos en aquellas obras tan de los noventa que los incluía dentro del comedor con ladrillos y cierres de aluminio. Jaulas modernas. Para tristeza, ya están las ventanas que dan al ojo patio. 

Desde niña me apasionaron los balcones acristalados de las casas señoriales. Siempre me imaginé tras ellos leyendo -como no- quizás en una mecedora de madera o, tal vez, en un sillón orejero como el que quería comprar hace unos meses para montar un rincón de lectura sin saber que ese rincón iba a volverse mi oficina. Me apasionaba verme allí, rodeada de la luz natural de los ventanales sin visillos -los siempre traicioneros visillos-.

Tampoco puedo dejar atrás los balcones enrejados de mi tierra, esos que han cobijado amores de atardecer, besos furtivos, promesas y juramentos. Balcones cuajados de primavera en los maceteros de geranios y gitanillas, de cintas y verdes potos. Balcones desde los que se desgranan las saetas. Al revés de lo que, seguramente, sugiera la técnica arquitectónica, siempre he sentido que eran un trocito de calle que se colaba en las casas.

Esos balcones románticos a los que les cantaba Martínez Ares en 2001 con “La niña de mis ojos”:

Balcones.
¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!
Balcones.
Por dentro guardan las vidas,
por fuera macetas de colores.
Torreones.
Con persianas pa que sólo entre el aire,
y lo que sepan sus cierres,
no lo propague la calle.
Faroles.
Ventanas de marineros.
la mansión del pobrecito,
la cueva del pobre rico,
escondite del coplero.
Amores.
Debajito de sus faldas.
Los inviernos, los veranos.
Penitentes y guitarras: Las cruces del gaditano.
Balcones.
¡Qué gran tesoro tenéis, ladrones!
Mi pregón es cómo un grito,
que no darían mis ojitos
por ver lo que ven tus balcones.

Desde hace días me gustaría tener un balcón. Tengo ventanas que me hacen sentirme como aquel Jeff convaleciente de Hitchcock. También tengo azotea que me hace sentirme más cerca del cielo y, sobre todo, me ayudan a ver las cosas con cierta perspectiva. Pero no tengo un balcón que deje que la calle entre en mi casa, descarada y sin permiso. 

Añoro un balcón en el que acodarme a ver pasar las horas, que no la gente. Tomar un café sintiendo el aire mañanero y el sol de media tarde, que me hace mucha falta la vitamina D. Un balcón en el que, por fin, ser capaz de tener plantas y acomodarme como pueda para disfrutar de estar viva con un libro en una mano y una copa de vino en la otra. 

Me entristece saber que, al fin y al cabo, el balcón no es tan romántico como lo recuerdo. En mis escasos paseos de bombo de basura y necesidades caninas -no tantos como imagináis porque, desde el primer momento, ha habido quién las ha realizado por mi- he visto como los balcones han mutado en un código que, quizás por el encierro y por no tener balcón, desconozco. 

Mientras veo arco iris dibujados con torpes trazos pero cargados de la ilusión y la esperanza que sólo pueden albergar los niños, en la esquina contraria una descolorida bandera -muy metafórica ella- acoge un crespón negro. Intentando siempre buscar un poco de humor, me pregunto dónde han podido conseguir el lazo porque, lo que es en mi barrio, no hay una mercería abierta aunque, sin faltar a la verdad, tampoco la había antes del confinamiento. 

Balcones chivatos y juzgadores de una ética inventada e irreal. Balcones injustos, que señalan sin piedad apenas segundo antes de que las palmas rompan el silencio atronador de las ciudades. Guardianes de la misma doble moral de siempre, la del “haz lo que yo diga, pero no hagas lo que yo hago”. Balcones en los que las grietas de la visceralidad irreflexiva y egoísta, tacha de esto último, a todos los que no hacen las cosas según las normas del balconero de pro. 

A pesar de todo, me alegra seguir viendo balcones que deciden celebrar la feria que es la vida porque, al final, esta va a seguir queramos o no aunque, cuando pasemos lista, falten algunos…muchos..demasiados. Pero sigue, eso es indudable y no podemos hacer nada para evitarlo. Sigue como siguió tras otras pandemias, tras otras crisis económicas, tras guerras,…las heridas tendremos que lamérnoslas y tirar para adelante porque, al final, no somos más que náufragos de un sistema que no va a venir en nuestra búsqueda así que, mejor buscar cómo construir nuestra barca y ponernos a salvo.

La vida, y con ella el futuro, es incierto pero no podemos dejarnos llevar como los balcones de las casas abandonadas con sus enrejados herrumbrosos y tristes. No podemos controlarla pero tampoco dejarla a su libre albedrío. Toca pensar y trabajar desde la inmunidad que nos otorgan nuestros balcones. Quizás aún quede un resquicio romántico para ellos y, quiero creer, que no al estilo de Larra.

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