El mensajero de Tánatos

Debajo del maquillaje blanco salpicado de rojos coloretes y adornos, no había nada. Un rostro negro en el que los ojos faltaban de las cuencas, una abertura estrecha donde debería haber estado la nariz y una boca profunda y dentellada como un desfiladero escarpado en el que se desgarraban los inconscientes alpinistas que se lanzaban a su expedición. Tampoco hubo nunca nada bajo el amasijo de negros harapos, con el que Tánatos llamaba a los elegidos a acompañarlo en las estancias del tártaro; la mano huesuda y la guadaña no eran más que parte del atrezo con el que el dios había revestido su espíritu. 

Atrás quedaron los días en los que era el propio Tánatos, con sus alas y su tea vibrante, el que los guiaba a la morada eterna de las almas rendidas. Acostumbrados ya a su presencia, los hombres buscaban la forma de burlar su visita y alargar el viaje eterno. A veces, con suerte, eran las Keres las que se ocupaban de los infelices de una forma mucho menos sutil que la suya, eran sus hermanas unas criaturas demasiado sedientas de sangre; otras, en cambio, la búsqueda se alargaba días, meses, años…quién sabe si hasta siglos.

Por eso, cansado de persecuciones, Tánatos decidió enviar tan sólo a su espíritu escondido bajo la negrura de la parca. Durante prácticamente una eternidad, nadie escapó de ella. Aparecía cuando nadie la esperaba, sin ser vista, sin ser oída…quizás el olor a azufre que dejaba flotando en el aire era la única señal de que ella había pasado por allí. Era infalible. Nadie quedaba vivo si ella posaba sus falanges sobre el hombro. Nadie hasta él.

Cuando la mensajera posó sobre su hombro la mano, el esperpéntico payaso miró a la parca de frente, sin el menor atisbo de miedo en sus ojos idos. Los huesos se enredaron entre los roídos encajes del cuello haciéndolos salir de su sitio. El patetismo del traje bufonesco y el ridículo paraguas que lo acompañaba provocaban escalofríos y, hasta la mensajera del más allá, se sintió sobrecogida por el bufón. Un alma errante atrapada en un cuerpo cansado y triste; un verdadero muerto en vida que, en lugar de debía sembrar alegría, dejaba un regusto amargo en todos aquellos que contemplaban su triste estampa provocando una estampida de miedo, caos y, al final, la destrucción de cuantos acudían a la llamada de su singular espectáculo circense.

No se puede matar a quien está ya muerto, aunque el corazón le lata. Con un suave movimiento, guio al dantesco albardán hacia la profundidad del infierno. Aquella rara avis era una ofrenda para su macabro dios que, sin duda, sabría qué hacer con él. 

Complacido con su siniestra lacaya, Tánatos miró con detenimiento al recién llegado. La mueca que pretendía ser una sonrisa estaba macabramente ladeada dejando escapar un fétido olor a putrefacción desde el interior del ser. El dios tomó el paraguas de las desfiguradas manos del payaso y puso en su lugar un manojo de coloridos y brillantes globos. 

—Ahora, ve y vuelve al mundo -indicó Tánatos- de ti, mensajero, espero una ofrenda de almas cándidas de infantes. 

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