El crepúsculo de los dioses

Hace tiempo, demasiado quizás, que la ciudad aparece ante mis ojos en blanco y negro como ese viejo Hollywood que nos presentara Billy Wilder, pero el cadáver que flota sobre el agua turbia de la piscina no es Gillis, aquel guionista en horas bajas que quiere volver a triunfar a toda costa. No. El cadáver que flota sobre las aguas sucias y turbulentas, en esta ocasión, es ella misma representada en Norma Desmond; otrora diva, hoy solo un endeble reflejo de lo que fue y una lucha encarnizada por seguir siéndolo.

Siento mis dedos teclear sin comprender demasiado bien si yo misma soy Betty Schaefer, cargada de ilusión y de ideas renovadoras o si, más bien, soy el guionista Gillis en un intento desesperado de devolverle el brillo a la vieja estrella haciendo las cosas como siempre se han hecho, como un deseo exaltado de que las cosas que ya funcionaron una vez, vuelvan a hacerlo por su propio cauce, sin más intervención que la loa desaforada. 

La diosa; la dama y la golfa; la judía, la cristiana, la mora; la eterna y dulce enamorada; la vieja abuela; la amante despechada que se sabe mejor que su reemplazo; la ciudad que vive del recuerdo y la nostalgia dejando que el tiempo se escape entre sus dedos como las pompas de jabón ingrávidas y sutiles del poeta que soñara al amparo del limonero. 

Quizás muchos piensen que este lento ocaso que envuelve la villa es consecuencia del presente, de la locura de los últimos tiempos. Pobres. Ilusos. 

El crepúsculo lleva azotando a la ciudad, posiblemente, desde su propio nacimiento. Segura y altanera por su belleza y la riqueza que guarda. Ya lo hizo azotada por la peste, cuando la avaricia de sus murallas la llevaron al más profundo de los abismos morales y económicos, dejando que los aires de libertad que bañaban el Atlántico se llevaran la gloria que pensaba que solo le pertenecía a ella. 

El crepúsculo de machota y martillo derribaba el lustre de sus casas en aras de un progreso hormigonado y horrendo. Mientras que ella, callada y cómplice, quiso justificarse como quien justifica un zapato feo por ser cómodo. Ella iba perdiendo belleza, dejándose arrebatar, sin ganar en comodidad. 

Un ocaso que gira como una rueca y cuyo uso ha pinchado ya su dedo. La ciudad se desangra como una bella durmiente que espera un príncipe mágico que la salve del letargo y la haga revivir. Pero el galán nunca llega y la princesa de cuento es cortejada por tantas ranas interesadas que sus besos ya no saben a nada, son una moneda de cambio por un esplendor efímero que llega en pocos días luminosos y cortos. 

Hechos jirones sus hermosos ropajes, ya no es más que una pordiosera que sigue paseando con la cabeza alta, engreída y altanera, incapaz de reconocer que poco va quedando de sí misma y que los vientos malditos de la nueva peste, no han venido a destrozarla, tan solo a descorrer los pesados cortinajes que ocultaban la verdad: la ciudad se muere y lo hace entre nuestros brazos incapaces de salvarla, pero siempre prestos a condenarla. 

Ya lo decía la sevillana, “alerta que Sevilla es nuestra gloria y se nos va de las manos”. Y se nos va porque queremos que se nos vaya. Porque hemos cambiado un hogar por un complejo vacacional, tal vez cómodo, pero completamente vacío. Hemos vendido nuestra casa al mejor postor con votos vacíos que juegan entre la soberbia de creer que es el rincón más bello del mundo, la pereza de no buscar la excelencia, la gula envuelta en bandejas de croquetas, la envidia disfrazada de rechazo, la avaricia de llenar arcas de dinero fácil y vaciar alforjas de dinero sólido, la lujuria de vender su alma y la ira de quienes quieren que todo siga siendo así, porque “así ha sido de siempre”.

El cadáver de la ciudad flota sobre el milenario río que la baña mientras los ojos curiosos la observan en su viaje hacia el mar del olvido. 

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