En la mitad del camino

Imaginemos por un momento que estuviera justo en la mitad de mi vida. Eso querría decir que para los 74 años debería tener escrito mi epitafio, la que sin duda sería mi obra póstuma y más personal.

Ahora mismo os diría que no tengo intención de morirme antes, pero no puedo apostar. No contra la muerte, la jodía siempre gana. Tampoco le tengo miedo, me aterra más la muerte de la gente que quiero que la mía propia y, en cierto modo, es normal. Cuando se muere uno mismo, todo se funde a negro, pero cuando el que se muere es otro, siempre queda la horrible sensación de echar de menos.

Quizás Kiko Veneno fue quien mejor habló del vacío. Echo de menos lo mismo que antes echaba de más.

A lo que sí le tengo miedo es al dolor. Al físico y al del alma. Casi más al segundo que al primero. Si pudiera pedir un deseo para mi muerte sería el de dormirme y no despertar más. Tal vez sea un poco de cobardía, pero cuando me llegue el momento, lo luchado, luchado estará y será el momento de «a otra cosa, mariposa». También pediría esa muerte para los míos.

Lo cierto es que no me queda tanto tiempo para todo lo que me gustaría hacer, a saber: ser feliz. Ya voy tarde. El problema es que todos queremos ser felices, pero no somos capaces de reconocer la felicidad. Nos lo pone difícil, es camaleónica y se mimetiza con lo más insospechado. Felicidad… qué bonito nombre tienes.

El fin muy cerca está, pero el del texto, no el mío. Está claro que no podéis dejarme divagar los domingos por la tarde.

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