Manuela salió del hospital con la barriga sujeta con las manos por si se le abría en dos en cualquier momento, andares de pingüino con tacones y una tarjeta de un grupo de apoyo en el bolsillo. Había entrado por la misma puerta setenta y dos horas antes con una maleta pequeña, dos miomas y un útero. Ahora se sentía como un cochino al que han tirado en la mesa del matarife y le han sacado las tripas, pero de ella no saldrían chorizos ni morcillas para las lentejas.
No hemos podido salvar el útero. Aquellas palabras se repetían en bucle en su cabeza como una canción mala, pero pegadiza. Era una paciente cumplidora con las instrucciones del cirujano, pero al final del día, Manuela se sentía una pelusa escondida detrás de un mueble. Sin útero, no podría ser madre, ya no sería más una mujer.
La tarjeta del grupo de apoyo volvió a sus manos desde el tambor de la lavadora. Aún era posible ver la dirección en la que se reunían. La tarjeta parecía estar embrujada porque, aunque estaba convencida de que la había tirado a la basura, la encontraba a cada paso. Cuando la vio de marcapáginas en el libro que estaba leyendo entendió que el universo quería decirle algo.
Manuela entró en el salón un minuto antes de la hora. Nunca había estado en terapias grupales, aunque los profesionales a los que consultó le garantizaron que hablar con mujeres en su misma situación le vendría bien, Manuela se sentía tan perdida que habría salido huyendo si una mujer no la hubiera agarrado del brazo y la hubiera acompañado hasta la única silla libre.
Aquellas mujeres parecían felices y Manuela se sintió ofendida. ¿Cómo era posible que tuvieran ganas de reír? La mujer que la había guiado y que se había presentado como Clara adivinó lo que pasaba por la mente de Manuela y le lanzó una sonrisa tranquilizadora.
—Bienvenidas a Llámame, Loretta, queridas sin-útero. Hoy veo un rostro nuevo, ¿cómo te llamas, compañera? —una mujer de cuarenta y pocos años con el pelo teñido de verde tomó la palabra.
—Manuela
—No seas tímida, Manuela, todas sabemos por lo que estás pasando, háblanos de ti.
—Pues…tengo treinta y cuatro años, y hace dos meses que me quitaron el útero. — Al decirlo en voz alta por primera vez, Manuela sintió que una piedra caída al abismo desde sus hombros y que la energía alegre de aquellas mujeres le invadía.
— Por lo visto, tenía un coco en la barriga, pero no servía para hacer cocteles.
Todas se lanzaron a un largo aplauso. Manuela sintió como si una potente aspiradora hubiera sacado la pelusa de detrás del mueble.
—Bravo, querida sin-útero, para ser tu primera vez, no está mal. Antes de contarte nosotras cosas, tenemos que hacerte entender algo que es lo más importante de todo, esto que te ha pasado, no es culpa tuya, de esto no tienen culpa ni los romanos.
Yo creo que mientras conserve la lucidez, no hay de qué preocuparse. Además, si tiene instinto maternal, hay montones de mamíferos no humanos a los que poder criar. Y dicen que dan menos trabajo y no te roban tanto tiempo como los mamíferos humanos.
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Hola ,
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Nota: el artículo no debe tener ninguna marca como patrocinado o publicitario.SaludGael Kerdanet
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Gracias por su interés, ¿podría escribirme a beatrizvelez.escritora@gmail.com? Un saludo.
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