Habitando en su piel

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Nunca se preocupó de lo que ella sentía. Nunca hasta ahora que se había marchado. Sólo ahora sintió la necesidad de saber qué pasaba por su mente cuando decidió coger su pequeña maleta e irse.

Abrió de par en par el armario, aquel que guardaba todos sus secretos además de la ropa y un olor a lavanda llenó la misma habitación que tantas noches había olido a guerra de sábanas. Eligió prendas al azar, como el sujetador que tantas veces la vio  desabrochar, pero del que no sabía el tacto que tenía en la piel o las medias que tanta sensualidad le habían transmitido pero de las que desconocía el calor.

Se vistió con mimo, como lo hacía ella y roció su piel con el perfume que embriagaba sus sentidos, pero del que no sabía el frescor. Su piel era la de ella, la que tantas veces rozó, pero a la que no sintió como suya.

Caminó lento hacia el espejo, cadencioso como tantas veces le vio hacer cuando abandonaba la cama, cuando la imaginaba presumida, necesitada de ver su reflejo y sentirse bella. Se miró, como lo hacía ella, de espaldas a él y las lágrimas recorrieron su rostro con sorpresa.

Sintió como nunca antes y comprendió la grandeza de la palabra amor que tantas veces había ignorado. Limpió sus ojos con el dorso de la mano y volvió a mirar al espejo de sus respuestas, al de los sentimientos de ella que nunca había querido comprender: se había marchado, para no volver y no se había llevado nada de él, ni siquiera un recuerdo amargo.

(Publicación original 16/05/2014).

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