Bella ciao

Lo primero que conocí, fue su olor a nardos.
Escondido tras los maceteros de la plaza, con la intención de agenciarme un par de hogazas de pan y algo para acompañarlas, seguí el dulzón olor a flores hasta el inicio de un zapato de tacón tan desgastado como los adoquines que pisaba. Subí por el camino de las pantorrillas hasta el inicio de la culata de un fusil cruzado a la espalda. Estaba alerta, dispuesta quién sabe a qué.
Agazapado, avancé hasta que su rostro apareció en mi campo de visión. Su mirada seguía la línea imaginaria que dibujaba el cañón. Tenía la dura belleza de quien resiste, aquella que sólo la lucha sabe imprimir: labios rojos, frente alta, churretes de polvo en las mejillas y mirada limpia, sin miedo. Ella había tomado parte mientras que yo era un vulgar embaucador con aires de Casanova.
Puse a prueba demasiado tiempo la resistencia de mis piernas y caí sobre el empedrado haciendo que me acompañara un macetón al que me había intentado agarrar. La vergüenza se mezcló con el dolor punzante que me recorría desde la rabadilla. Ella se volvió rauda dejando caer sus ojos sobre mí.
一 ¿Le ocurre algo, camarada? -preguntó con voz firme echando mano a su arma. Asentí. – No parece demasiado convencido, ¿le ha comido la lengua el gato?
一 Disculpe -susurré rezando mentalmente para que apartara el fusil de mi pecho- no es conveniente que nadie me oiga.
La vida se veía en blanco y negro en los últimos tiempos, pero nada que un patán como yo no supiera aprovechar. Ella devolvió el arma a su lugar y me observó llevándose un cigarro a los labios. Galante, le tendí fuego con los fósforos que tenía en el bolsillo.
一 Entiendo. -se limitó a responder mientras me analizaba de arriba abajo. – Sígame.
Lo hice sin calibrar si acabaría en la guarida del lobo fascista o del zorro partisano…o, peor, en la loma del camposanto. Un paria como yo no tenía más ideales que llenarse los bolsillos de lo que pillara, un camastro y alimentar el alma con calor humano de ida y vuelta, sin decencia ni remordimientos.
一 Antonella – los bajos de su falda se remolinaban con el ritmo que marcaban sus caderas y el repiqueteo del arma que seguía cruzada en su espalda. – ¿Cuál es su nombre, camarada?
一 Marco -intenté sonar convincente, sin desvelar mi verdadero nombre, mi vida dependía de ello.
一 Y bien, Marco, ¿qué le trae por Bazzano? -caminábamos bordeando el castillo que nos brindaba sombra y frescor.
一 He huido…-mentí. Volvió sus ojos sobre mí, interesada en el inesperado giro que acababa de dar nuestro encuentro. – de los cami…
Su dedo en mis labios me ordenó callar. Con un breve gesto me indicó que las paredes oían. Sólo unos minutos después, se detuvo y se aseguró de que nadie nos seguía. Levantó una trampilla disimulada en el pavimento y me invitó a entrar. Comprobó de nuevo que nadie la veía, entró y cerró la trampilla sobre nuestras cabezas.
Mis ojos tardaron unos segundos en acostumbrarse a la oscuridad del lugar. Sentí sus pasos y, como un milagro, la luz de una vela llenó el breve espacio. Dejó reposar su inseparable fusil en la pared. Revisé la habitación: una tosca mesa y tres destartaladas sillas de madera que, sin duda, habían vivido tiempos mejores; por cocina, un infiernillo y un lebrillo donde reposaban dos o tres platos y unos vasos cortos; un camastro cubierto de panfletos. Una pila de libros que amenazaba la gravedad completaba el mobiliario. Antonella puso en la mesa queso, pan y una frasca de vino invitándome a sentarme.
Dimos cuenta del queso y la primera botella de vino mientras le relataba mi inventada huida de los fascistas, una fábula de héroe miliciano, asediado y perseguido, sin hogar al que volver. Seguimos horas regando la conversación con el fuerte vino de la tierra y fumando un cigarro tras otro. La sutil niebla del tabaco llenaba de misterio su rostro. No supe si había padre, hermano o marido esperándola o una madre rezando por su alma. A cambio, me regaló un febril monólogo sobre el poder proletario, la educación y la libertad al que sólo pude adherirme.
Acerqué mi silla a ella y robé de sus dedos un cigarro mientras escuchaba su excitada voz.
— …porque, al fin y al cabo, camarada…hombres y mujeres, luchamos por vivir…no puede haber desigualdad en esto… – calló de golpe. Las campanas dieron las diez.
Vi el brillo de sus ojos entre la nebulosa y esperé en vano que retomara su discurso. Me sorprendió sin defensa echando su cuerpo hacia adelante y atrapando mi boca entre sus labios. Acompañé su valentía con mi necesidad. La dejé hacer sin oposición sintiendo nuestros cuerpos encajar como dos piezas del mismo puzle.
Las campanas dieron las once. En el exterior, disparos cruzados y carreras rompían el silencio de la noche mientras nuestros cuerpos batallaban sin piedad regando el suelo del escueto escondrijo de pasquines y libros desgastados. Sentí las campanas dar las doce y la una mientras su cuerpo dormía entrelazado al mío. El sonido de las balas hacía tiempo que había cesado.
Despacio abandoné el camastro recogiendo mi ropa del suelo. Bajo mis pies, una losa se movió. Con cuidado la levanté encontrando el pequeño capital de Antonella, fotos de familia desgastadas, una cadena con una Donna y unas cuantas liras que a ella le harían el invierno más fácil y a él, sólo una noche más rico.
— Bella… ciao – le regalé un ultimo beso antes de huir con su fortuna y su fusil.
Volví a Bazzano. La busqué en cada muchacha de paso decidido y fusil a la espalda que se cruzaba en mi camino. Una mamma con su bebé en los brazos pasó junto a mi. Me giré, el aroma dulzón de la flores invadió mis sentidos.

Lo último que recuerdo de ella es su olor a nardos.

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