Encarna

Cada mañana, mientras el gallo cantaba compitiendo con los bombardeos, Encarna dejaba su camastro y cubría de harapos negros las vergüenzas, luego se colocaba las horquillas hasta domar las greñas. Las niñas aún dormían, acurrucadas, igual que el día que las encontró agazapadas en la cuneta.

Amasaba el pan y lo dejaba horneándose mientras barría y recogía las cuatro cosas que aún quedaban en la fonda. Se afanaba en un trabajo que solo servía para matar el tiempo. Le apenaba que, en esos días, todo fuera matar: el tiempo, el pensamiento o la vida.

El día que todo ocurrió, el viejo mastín ladraba sin descanso. Cansada del jaleo, dejó el cepillo y se ciñó la toca sobre el camisón. Cruzó el corral y se acercó al perro.

—Buen chico, a ver qué te tiene mosca -dijo acariciándole la cabeza.

Se asomó al establo, dentro apenas había un par de sacos de harina y unos aperos herrumbrosos de no usarse. Intentó alejar de su mente los recuerdos del lugar, su cuerpo manoseado y violado por una horda cruel de uniformados; los ojos de Fermín inyectados en sangre, impotente de no poder ayudarla; los moretones y bocados en sus pechos y el tiro de gracia a su marido.

—No hay nada, viejo protestón -replicó al perro.

Un movimiento la alertó. Volvió sus pasos y apartó los sacos para encontrar detrás un amasijo de telas sucias y temblonas.

—¿Quién es usted? -preguntó agarrando la azada- ¿Qué quiere?

—Tranquila -replicó el hombre saliendo del escondite- no quiero hacerle daño.

—Aquí no hay nada que robar.

—No soy un ladrón, soy maestro…

—Acabáramos -respondió sin dejarlo acabar- lo que faltaba en esta casa, una viuda, dos niñas huérfanas y un maestro perseguido, tenemos todas las papeletas para acabar en la tapia del cementerio. Anda, sígame.

Guió al maestro a la cocina. Sirvió dos vasos de achicoria y buscó un currusco de pan duro para apaciguar el soniquete de tripas del profesor.

—Bien, ahora me va a decir su nombre -solicitó Encarna.

—Gregorio -respondió con la boca llena de pan duro- Martínez, era el maestro de Villanueva del Caserío. Cuando llegaron las tropas hui y llevo meses escondiéndome. Sólo necesito descansar y volveré a los caminos.

—Y ha acabado en mi establo -contestó tras dar un sorbo de su vaso-. No me lo tome a mal pero no puede quedarse, ya tengo a dos niñas que han perdido a sus padres y apenas tenemos pan. Sólo un día.

Encarna llevó al maestro hasta la habitación más apartada, le dio una toalla y llenó la palangana para que se aseara.

—Voy a traerle ropa limpia. -Una detonación más cerca de lo normal la interrumpió.

Corrió hacia la puerta. Una nube de polvo cubría el camino. Volvían. Regresó al interior de la fonda, dejó la ropa de Fermín en la cómoda y rebuscó hasta encontrar mejor opción.

—Tenga, póngase eso. -Apremió al maestro.

—Pero…esto es…ropa de mujer.

—¿Quiere que lo encuentren? No, ¿verdad? Pues póngase eso sin rechistar y vaya rápido a la cocina.

Salió de la habitación, dejando al confundido maestro colándose dentro de unas enaguas y arrastró hasta la cocina a las dos pequeñas que jugueteaban por el pasillo.

—Escuchadme bien, van a llegar unos hombres, no debéis tener miedo. -Tragó saliva antes de continuar-. No os va a pasar nada, yo me encargaré.

Gregorio irrumpió intentando dominar la larga falda y la toca. Encarna le colocó un pañuelo por la cabeza y espolvoreó harina sobre su cara.

—Cuando lleguen los soldados, no paréis de amasar pan y no habléis. Ahora, a rezar el rosario.

No pudo seguir hablando, la patrulla se anunció con un fuerte golpe en la puerta. Encarna salió sacudiéndose la harina y se acercó a los soldados.

—Buenas, ¿qué desean…los señores? -Arrastró las palabras con asco.

—Comida y cama -contestó el jefe de la columna.

—A lo segundo no diré que no, pero a lo primero, no voy a poder ayudarles.

—¡Vamos, a la cocina! -gritó el jefe molesto agarrándola violentamente por el brazo.

Encarna obedeció. En la cocina, las niñas rezaban junto a Gregorio que amasaba el pan sin levantar la cabeza. El maestro contuvo la respiración mientras el soldado paseaba por la estancia.

—¿Quién es esta?

—La tía Gregoria, es muda la pobre…no tiene más familia. -Rezó en silencio para que el hombre se apartara del profesor.

El militar salió y ordenó a sus hombres que se adelantaran. Cuando se aseguró que el batallón estaba lo bastante lejos, volvió dentro sorprendiendo al maestro en mitad del salón.

—Ya sabía yo que aquí había gato encerrado -sonrió sacando el arma y obligándolo a volver a la cocina.

Encarna ahogó un grito al ver entrar al profesor encañonado por el soldado mientras las niñas corrían a su lado.

—Queriais engañarme -masculló empujando a Gregorio- pero soy fácil de camelar.

Comprobó las balas, tenía para los cuatro. Parapetada tras Gregorio, Encarna alargó el brazo hasta la mesa y agarró el cuchillo y esperó un paso en falso del militar.

—De mayor a menor…no, mejor, de menor a mayor…

Apuntó con el arma a la más pequeña y quitó el seguro. Encarna, apretó los ojos y, empujando a la niña, se lanzó contra el hombre que no tuvo tiempo para reaccionar antes de verse atravesado por el cuchillo.

El maestro cogió el cuerpo del militar y lo arrastró al corral dejando un reguero de sangre en el camino. Encarna dejó a las niñas en su habitación tras haberlas calmado y acudió a ayudar a Gregorio.

Caía la tarde cuando acabaron de tapar la zanja y limpiar los restos de sangre. Las niñas los miraban en silencio.

—Y ahora, ¿qué? -preguntó el maestro.

—Ahora -dijo mirando a las pequeñas- ¿no es usted maestro? Pues enséñelas a pensar y a ser libres.