20 de abril de 2020

20 de abril de 2020

Hola, ¿qué tal? ¿cómo estás? Perdona por haber tardado tanto tiempo en responder tu carta. Lo sé, treinta años son demasiados,  ni siquiera Gardel habría podido esperarlo, su paciencia llegó a los veinte tan solo. 

Imagino que ya no esperabas nada de mi y lo entiendo, pero en estos días de encierro, me ha dado por hacer limpieza a fondo y tu carta ha aparecido entre los papeles viejos de hacienda, como verás no los reviso demasiado. No sé las veces que la he releído desde entonces. 

Tenías razón, habíamos cambiado, he cambiado. Ya no queda nada de la chica que te besaba en la cabaña de Turmo. El tipo, como lo llamabas, nunca fue divertido pero me ofreció estabilidad y fueron demasiadas las voces que me dijeron que no podía vivir siguiendo a un soñador, era mejor la seguridad. Lo siento tanto. Han tenido que pasar treinta años para darme cuenta de que no he sido feliz. No soy feliz. Dejé atrás mis sueños por una vida tranquila. Ya no se trata de tí, se trata de mí. 

Hace unos días me compré unos zapatos. Demasiado tacón diría mi madre; demasiado caros diría mi marido. Pero estaban ahí, en el escaparate, parecía que llevaban toda la vida esperándome. No lo dudé, pedí mi número, los pagué y salí de la tienda con ellos puestos, una de las pocas acciones rebeldes que le quedan a una mujer como yo. Al salir, tu canción sonaba en la radio. Debí darme cuenta en ese momento de que todo iba a cambiar. No es buena idea seguir impulsos un viernes trece pero necesitaba sentir que estaba viva y aquellos zapatos marcaron el ritmo a tu melodía. 

Cuando llegué a casa, un presidente inexpresivo y presuntuoso nos obligaba a quedarnos en casa. Era por nuestro bien. Es curioso, cuando lo oí, sentí que tampoco iba a cambiar demasiado mi rutina, ya pasaba muchas horas encerrada en casa. Pero los días pasaban y la presencia de mi marido, solo un poco más viva que el poto que tengo en el macetero de la cocina, comenzó a volverse insoportable. Después apareció tu carta. 

Ya ves, treinta años después, me he decidido y no solo a escribirte. Ha sido tremendamente sencillo huir aún en estado de alarma. Dentro de mi carro de la compra, algo de ropa, mi fiel máquina de escribir, tu carta y mis tacones nuevos. No hay policía que detenga a una mujer madura que va a la compra. 

Siento que no podrás volver a contestarme, esa ya no es mi dirección pero déjame que te cuente parte de un cuento: “las princesas se escaparon y acabaron en Jamaica”. Búscame. Mi máquina de escribir, mis nuevos tacones y yo, te estaremos esperando. 

Firmado. Chata. 

 

Relato participante en el Concurso Literario de Javier Simorra 

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