El correo de los martes (12 de mayo)

Querido amigo lector,

¿Qué tal ha ido tu semana? Casi puedo imaginar tu respuesta: «bien».

Acostumbramos a decir bien aunque por dentro estemos cerrados por derribo que diría el maestro Sabina. No verbalizamos cómo estamos en realidad, nos escudamos en cuatro letras y una sonrisa que practicamos frente al espejo para no reconocer que estamos hechos jirones, que nuestro cuerpo y nuestra alma necesitan un respiro.

No nos reconocemos el derecho a estar mal, a tener días de mierda.

Negamos nuestra verdad por vergüenza; por miedo; porque hay gente que está peor que nosotros y no es justo que protestemos; porque no queremos ser juzgados; porque no nos creemos tan importantes en la vida de nadie como para robarle cinco minutos.

Yo reconozco que no ha ido bien la semana. Que me ha desbordado el trabajo, que mi cuerpo no ha llegado al deporte habitual, que mi cabeza ha petado por exceso de socialización, que he vuelto a lagrimear un poco. Que, simplemente, estoy cansada, pero por mucho que duerma no se va porque no es mi cuerpo, es mi mente.

Hace un par de meses leí La Sociedad del Cansancio del reciente Premio Princesa de Asturias Byung-Chul Han. Es un libro de filosofía, no muy largo, pero sí muy intenso. La conclusión que puse extraer de la lectura es que el ser humano del siglo XXI, ese que siempre está ocupado, estresado, cansado es esclavo de sí mismo. Nos amparamos en una falsa sensación de libertad para imponernos la hiperproductividad incluso en los momentos de diversión (no basta leer, hay que leer veinte libros al mes; no basta con correr, hay que apuntarse a un maratón; y así nos auto imponemos metas que acaban en focos de frustración, pero nunca de disfrute).

Hemos perdido la capacidad de descansar, la contemplación, la reflexión… Nuestra vida se reduce a clicks y por eso los últimos estudios demuestran que el coeficiente intelectual del ser humano está retrocediendo. Nos estamos haciendo más tontos a nosotros mismos en nombre del progreso y la modernidad.

¿Cuánto hace que no haces nada? Demasiado porque incluso cuando tenemos que parar por salud sentimos remordimientos de no estar haciendo algo.

¿Te planteas, querido amigo, cómo podemos parar esto? ¿Se puede o ya está todo perdido? No tengo respuesta. A veces siento que es imposible salir del agujero y, a la vez, observo mi vida que es sencilla dentro del caos. Vivo en un pueblo donde todo parece ir más lento, donde la hiperproductividad se detiene con una señora que te para por la calle cuando vas metida en tu mundo y en diez minutos te cuenta su vida y sientes que no hay mejor momento que ese ahora.

Sí, quizá sí hay remedio, querido lector. ¿Qué opinas?

Hasta aquí mi carta de esta semana, os leo.

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.