La mansión se alzaba sobre la colina rodeada siempre por una niebla densa. Nadie se acercaba a ella, salvo los desesperados o los locos. Era famosa por su torre del reloj que, según decían, dejó de sonar la noche en la que la hija del propietario desapareció sin dejar rastro. Desde entonces, las manecillas estaban paradas marcando las doce en punto.
Ismael, el nuevo bibliotecario del pueblo, se aventuró a cruzar la reja una noche. Llegó empapado por la lluvia. Había leído tantas veces la historia de la heredera y la promesa de una recompensa si lograba encontrarla que se obsesionó con aquel misterio.
La puerta, de madera pesada y tallada con hojas que parecían marchitas, cedió a la presión con un crujido sobrecogedor. Dentro la oscuridad era absoluta. La luz de su linterna desgarraba la negrura como un puñal. El aire olía a humedad y polvo. Cada pisada sobre el mármol resonaba una y otra vez repetido por un eco que parecía traer los pasos de otros.
Guiado por su inconsciencia, subió la escalera de caracol hasta la torre. La cara oculta del reloj presidía una estancia con las paredes completamente cubiertas de retratos con protagonistas de mirada perdida y poses rígidas. En sus ojos parecía adivinarse el miedo de un reo que espera que se ejecute su sentencia de muerte.
Ismael extendió la mano hacia el reloj. Los engranajes se mantenían quietos, pero con el roce de sus dedos un sonido estridente llenó la habitación haciéndole caer de rodilla mientras se cubría los oídos con las manos. El aire se volvió más denso, casi irrespirable, y el frío se coló por cada poro de su piel como millones de agujas que se le clavaban en la carne. Las pupilas se le dilataron al percibir una figura de mujer junto al reloj. Envuelta en ropajes deshilachados que aún conservaban el recuerdo de otros tiempos en los que fueron un rico vestido, la heredera desaparecida miraba a Ismael con ojos de ceniza y los labios cosidos de forma burda.
“¿Buscas respuestas?” —escribió con su dedo cadavérico sobre el polvo del suelo—. “Tendrás que pagar el precio”.
El bibliotecario intentó alcanzar la escalera, pero la puerta se cerró con violencia. La mujer señaló el reloj y, con gestos toscos, animó al bibliotecario a ponerlo en marcha. Tembloroso giró la llave oxidada que colgaba de la cadena del reloj. Con la primera vuelta, un ensordecedor repique de campanas se desató y fue la señal para que todos los retratos cobraran vida. La verdad, atrapada en el reloj detenido, se reveló con crueldad: traiciones, muertes y venganzas pasaron ante su mirada horrorizada. El reloj había sellado el alma podrida de generaciones de habitantes de la mansión.
Con la última campanada la mujer sonrió tristemente.
Ismael sintió el peso de la maldición sobre sus hombros. Nada más se supo de él. El reloj de la torre volvió a enmudecer marcando las dos en punto. Sus manecillas quedaron suspendidas esperando que alguien llegara para ponerlas en marcha.