Un adiós anónimo

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Lo veía cada mañana al ir a dar mi paseo. Es lo que tiene tener rota una muñeca, no puedes llevar tu vida de oficinista con el ratón pegado a esa mano a la que ahora llevas pegado un yeso pero puedes andar; andar por andar, sin por qué, sin destino, sólo Tú, unos botines, la mano en cabestrillo y música.
Siempre estaba en el mismo sitio. Una amplia Avenida de Sevilla, transitada por trabajadores y estudiantes, por hombres y mujeres, autóctonos y forasteros; por gente ocupada, muy ocupada, demasiado ocupada, o gente que, como yo, no tenían nada mejor que hacer que andar. Era la puerta de un comercio, uno de esos que abre antes que nadie y cierra después que todos pero que, sorprendentemente, no es un chino. Era Sevilla, pero podría haber sido cualquier gran urbe del mundo.
A veces estaba solo; otras, aunque pocas, en compañía de una mujer. Pero siempre junto a sus dos perros. Puede que sucios por su vida al aire libre, puede que hambrientos aunque Él se quitara el pan de su boca para dárselo a ellos porque, al fin y al cabo, Ellos, sin pedigrí, sin abriguitos ridículos, sin remilgos y, quizás, con pulgas, eran su única familia.
Tal vez existiera una familia, una convencional como la mía o como la de cualquier otro. Tal vez hubiera un a esposa, unos hijos, tal vez hasta hubiera una pareja de perros limpios y bien alimentados. Pero ya no eran más que un castillo de naipes que duró un segundo, una pompa de jabón de la que sólo quedaba un recuerdo, a veces dulce pero siempre amargo.
Quién sabe cuál era su colchón, quién sabe en dónde reposaban sus sueños pero si le cobijaba el cielo de Sevilla, no le hacía falta más abrigo. O eso dicen.
Pocas personas le darían los buenos días pero quizás demasiadas le miraron con recelo e, incluso, con asco pero pocos le regalaban una sonrisa, uno de esos regalos que cuestan tan poco dinero pero tanto trabajo hacer.
Hoy unas flores llamaron mi atención. Es curioso que las personas no vemos a otra persona sentada en el suelo pero vemos unas flores en un escaparate. Damos por hecho que puede haber gente sentada en el suelo en la puerta de un comercio pero ¿flores? Sólo si fuera una floristería.
Allí estaban, unas flores, unas velas, unas cartas, un dibujo…un dibujo de una mano inocente, de unos ojos puros, unos trazos pequeños…un señor de pelo largo y barba, a su lado, sus perros. Las cartas le daban un Adiós, un adiós anónimo, de gente que le daba los buenos días y que le regalaban una sonrisa. Gente que le oían relatar y que hablaban con Manuel. Niños que en su inocencia le vieron, siempre fiel, con sus dos perros.
Allí estaban, sus dos perros, uno blanco o uno negro, en  el cartón en el que siempre estaba Manuel. Ellos no han viajado con Él; él se fue, casi desnudo como los hijos de la Mar que dijera el poeta. Quizás Ellos estén destinados a encontrar a un nuevo amigo al que no abandonar; un nuevo Manuel, invisible a casi todos pero al que entregar su Adiós Anónimo.
Ya nunca podré regalarle una sonrisa. Adiós Manuel, que tengas un buen viaje.
adios relato beitavg

3 Comentarios

  1. Me has hecho llorar. Esta mañana cuando hablamos de la foto, pensé que eran unas flores puestas ahí,de alguien que se habia ido, pero no pensé que sabias de quien eran y menos de un señor que vivia en la calle.Que penaaaa Bea y que bonitoooooooooo!!!

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