Insurrección

El cielo se ha pintado de plomo en este atardecer tormentoso de verano. El tam-tam de las primeras gotas de lluvia despiertan el calor que dormitaba en el asfalto y a las cotorras que comienzan a chillar desde todos los árboles de la ciudad llamando a la guerra.

Se acerca el momento.

Legiones de salamanquesas y lagartijas descienden marciales por las viejas paredes encaladas mientras los cristales de los terrarios se resquebrajan con el ensordecedor ruido de las aves invasoras.

Llegó la hora.

Las ruedas chirrían bajo las frenéticas carreras de las cobayas mientras miles de jaulas abren inmisericordes sus portezuelas al aleteo de pájaros que con sus colores pintan el cielo con los colores de un tétrico arcoiris.

El fin está cerca.

El zumbido de moscas, mosquitos y abejas ponen ritmo al desfilar de escuadrones de hormigas que, bajo las órdenes de las tortugas, desfilan solemnes.

Escondeos.

Los aullidos de los perros desangran el anochecer de las bestias. Los gastos afilan sus uñas y los camaleones se disfrazan sin pudor del color de las metálicas armaduras de los conejos.

Huid.

El día ha llegado. Los búhos controlan inflexibles la insurrección, los cuervos vigilan, las mariposas visten de luto sus alas mientras el aire trae sonidos de réquiem.

Rezad.

Las bestias van a ser doblegadas. Se acabó el reinado de quienes sólo siembran destrucción.

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