El Comercio

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Siempre sentí predilección por las viejas tiendas de barrio. Quizás fuera porque me crié haciendo castillos con bobinas y botones en la mercería de mi abuela, pero esos pequeños comercios, con escaparates de cristalera, puertas de vieja madera pulida por el paso del tiempo y las manos, y las estanterías ordenadas al milímetro, me hechizaban.

Descubrirlas se convirtió en mi obsesión. Recorría las calles siguiendo un minucioso orden alfabético y, en cada calle, empleaba uno o dos días visitando las tiendas. Las señalaba en un mapa que llevaba en el bolsillo: para los ultramarinos, un punto azul; para las floristerías, uno rosa; para comercios textiles, uno amarillo; y para las ferreterías, uno marrón.

Por eso me extrañó encontrar aquella tiendecita, por arte de magia, en el número cuatro de la calle Abedul. Ni rastro de color en el mapa y eso que, al ser la primera, recordaba bien cuando visité esa calle.

Crucé la puerta, sintiendo crecer la curiosidad como un aleteo de mariposas en el estómago. En su interior, una anciana me recibió sonriente, dejando entrever unos dientes que hacía demasiado que no visitaban al dentista. Con su pelo gris enmarañado, su nariz aguileña coronada por una verruga del tamaño de un garbanzo y acariciando un gracioso gato negro, se acercó a mí.

Pasa querido, te estaba esperando. —Me invitó a acompañarla señalando hacia el interior con sus huesudas manos—. Bienvenido a mi tienda. Aquí podrás encontrar conjuros para todo lo que desees, ¿quieres amor?, ¿quieres dinero? Cuenta a esta vieja cuál es tu deseo más oculto y te buscaré el conjuro para conseguirlo.

Observé las estanterías llenas de tarros de cristal con pequeños manuscritos e ingredientes. Para el amor, cola de lagartija, ojos de murciélago y un conjuro para recitar bajo la luna llena; para el dinero, cuerno de rinoceronte y pelo de cola de león, con un conjuro que quemar en la puerta de un banco; para ser feliz, aleta de delfín y plumas de pavo real, con un conjuro que leer mientras se ríe a carcajadas; para ser invisible, babas de caracol y agua de río…

Curioso, me acerqué a un tarro que resplandecía entre el conjuro para matar a la suegra y el conjuro para tener un máster sin estudiar.

Vaya, has encontrado el conjuro estrella de la casa, el de la inmortalidad. —La vieja tomó el tarro entre sus manos y sonrió con una mueca que me erizó la piel—. ¿Estás dispuesto a pagar su precio?

Asentí con gesto automático convencido de que este era, realmente, el motivo por el que había pasado tantos años vagando de tienda en tienda. La risa estridente de la tendera entraba por mis oídos. Exhaló su contenido sobre mí y desde entonces, soy el gato negro que acompaña a la bruja, condenado a vivir así eternamente a menos que… chist, silencio, ha entrado un incauto comprador.

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