Zaros

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No es fácil ser una ciudad como Zaros. Nadie sabe cómo pero el mismo día que la Sacerdotisa apareció en eterno sueño velada por el Gran Búho sobre una cama de plumas con su blancura rota de sangre, Zaros apareció en mitad del Gran Lago, a unas 20 millas náuticas de la población más cercana. Aunque los habitantes pueden escarbar y tener agua en sus casas, prefieren ir cada día a las orillas de la ciudad con sus cántaros y tomarla directamente del lago.

La vida en Zaros se está volviendo más y más complicada porque los secos campos no producen comida suficiente y las enfermedades empiezan a consumir a la población. Cada día los políticos buscan nuevas soluciones pero cuando alguno pronuncia la palabra canal, es encarcelado en sólo Dios sabe dónde. Nadie sabe quién mató a la Sacerdotisa ni por qué se marchó el Gran Búho. Los cuchicheos doblan por cada esquina de la ciudad y las miradas suspicaces hacen la vida insoportable en una ciudad como Zaros. Todos dudan, todos mienten, todos culpan.

Zaros es una ciudad amarillenta, el cielo siempre azul reseca sus perfiles mientras a pocos metros de la orilla, la lluvia repiquetea con suave compás sobre la superficie del lago. Los sacerdotes de Zaros, piden día y noche a su Dios que el agua llene los aljibes, mientras los jóvenes se lanzan al lago en un intento desesperado de alcanzar la otra orilla. Ya son cientos los que habitan en el lecho del lago entre restos de barcazas que naufragaron en las tormentas.

Zaros es un espejismo de ciudad, sus habitantes creen ver charcos dónde sólo hay asfalto y acueductos donde sólo hay viejas líneas de ferrocarril. Desde la otra orilla no se ve Zaros, sólo una nube de polvo densa y amenazante. No hay futuro para Zaros, se seca en su propia agua. O quizás nunca lo hubo, la sabiduría voló como el Gran Búho mucho antes de que este se fuera y la fe se escabulló entre los etéreos ropajes teñidos de rojo de la Sacerdotisa. Zaros es ciudad maldita por sus propios habitantes, fratricidas y salvajes, por eso a Zaros ya no le hace falta lógica ni razones, sólo el castigo cruel a su corrupta vida.

Zaros en una ciudad fantasma, castigada y abandonada a la muerte. Es la propia ciudad que se desangra, sin fe, la que tiñó el sueño de la marmórea Sacerdotisa de rojo. Nadie ve el cielo, los ojos lagrimean ante el brillo del gran astro que les impide ver el vuelo hacia el sur de sus nobles espíritus.

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