La elección de mamá

Cada domingo, mamá se vestía con su ropa más decente, dejaba colgado su pulcro delantal en una de las sillas de la cocina y, con su mantilla negra colocada elegantemente sobre su pelo cano, encaminaba sus pasos hacia el sermón dominical arrastrándome con ella mientras me obligaba a dejar mi muñeca de trapo en casa y me colocaba, como podía, mi pequeña mantilla blanca sobre mi alterado cabello.

一Lolita, tienes que comportarte como una señorita, no eres un chicazo ni una de esas gitanillas que deambulan de feria en feria – repetía una y otra vez ajustándome el lazo de mi remendado vestido de los domingos. – Tienes que aprender a estarte calladita y quietecita, así es como se portan las niñas.

Desde el altar, un señor de espaldas hablaba y hablaba aunque nunca conseguí entender qué era lo que decía hasta que, en mitad de la misa, se subía y nos hablaba del demonio que se encarnaba en aquellas mujeres que no querían obedecer a sus padres y maridos. Mamá asentía mientras me miraba de reojo para que dejara de jugar con las pequeñas hormigas que se colaban entre los huecos del suelo de la iglesia. El ritual dominical acababa siempre con el cocido sobre la mesa, papá chillando y mamá colocando una frasca de vino delante suya para que, entre chato y chato, se aplacaran sus malos humos.    

En mayo, el mes de María, mamá llevaba flores a la Virgen de la Esperanza. Mamá no hablaba del gobierno, papá decía que eso no eran asuntos de mujeres porque sólo entendían de fogones y rezos a santos. Cada vez que papá escupía indiferente estas palabras, mamá entornaba sus profundos ojos verdes y tocaba con disimulo el librito que guardaba en su delantal y que se cuidaba mucho de que nadie descubriera.

La mañana que papá desapareció con la hija de la portera, mamá no lloró. Como cada domingo, dobló su delantal en dos y lo dejó reposar sobre la desvencijada silla de enea desde la que tantas veces había escuchado a papá hablar de la debilidad de las mujeres, de su inutilidad para cualquier cosa que no fueran los hijos y la casa. Repiqueteando sus zapatos, sacó del armario un sombrero con una preciosa pluma de faisán y dejó la mantilla sobre la cómoda mientras tiraba de mi.

Cruzamos rápidas la plaza ante los ojos acusadores de las vecinas que ya habían conocido la noticia del abandono de papá, el barrio era muy pequeño y de algo había que hablar. Pasó por la puerta de la Iglesia sin volverse hacia ella ante la mirada del sacristán que se santiguaba y corría remangándose el alba hacia el interior de la Iglesia. Mamá avanzada decidida, ajena al cuchicheo, agarrando mi mano y guiándome hacia el salón donde, una larga cola de hombres esperaban su turno.

Un murmullo de sorpresa nos recibió mientras ocupábamos nuestro lugar en la fila. Andamos al ritmo cadencioso de la cola mientras mamá ojeaba, una vez más su manoseado libro. Llegado su turno, todas las cabezas se volvieron hacia nosotras. Mamá se quitó ceremoniosa su guante y depositó con valentía un papel dentro de la urna.

一Lolita, así es como deben comportarse las mujeres de bien.- me dijo solemne mientras, tras volver a colocarse su guante, depositó su libro sobre mis asombradas manos, acababa de sellar la peor venganza contra mi padre. – No dejes que, jamás, vuelvan a decirte cuál es tu deber de mujer.

Salimos del salón. En la plaza las mujeres habían enmudecido y los hombres se apartaban al paso de mamá. Mis ojos la miraban curiosos, en aquel 1933, mamá acababa de cumplir 46 años y, sin embargo, parecía más joven que nunca. Sonreía mientras caminaba conmigo de la mano. Sin atreverme a decir una palabra, leí de reojo el regalo de mi madre: “El derecho de la mujer en España”, Clara Campoamor.

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