Las muñecas de la Señora Luisa

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La Señora Luisa pone cada domingo su puesto de muñecas en el rastro. Sus vecinos de tenderetes venden cachibaches de todo tipo pero ella sólo tiene muñecas. Altas, bajas, rubias, morenas, de ojos negros, de ojos azules, de porcelana, de trapo,…pero todas con los labios rojos, oscuros, como las cerezas.

Cuando acaba sus ventas en el rastro, la Señora Luisa monta con mimo las muñecas que no han sido elegidas para ocupar selectas estanterías en su carro y pedalea con las pocas fuerzas que le van quedando hasta su casa, al otro lado de la ciudad. En casa, rompiendo la costumbre semanal, su hija Carmina espera la llegada de la medianoche envuelta en el humo de los cigarros que, uno tras otro, consume sentada en el salón con las tupidas cortinas cerradas.

Carmina tiene el pelo negro y los labios rojos, oscuros, como cerezas. Un extraño color amarillo tiñe sus ojos en los que destacan sus alargadas y felinas pupilas. La Señora Luisa no es capaz de mirar a su hija a los ojos, le aterra el brillo mortecino que le devuelven cuando lo intenta. Por eso, desde años años, se acerca a ella cuando duerme y sus ojos permanecen cerrados. En esos momentos de tensa calma, roza sus ancianos dedos con la porcelanosa mejilla de su hija y deja que las lágrimas corran entre las arrugas de su viejo rostro.

La Señora Luisa nunca le ha preguntado a su hija a dónde va cada madrugada. Cuando la medianoche resuena en el reloj de la torre, Carmina deja atrás la casona y la Señora Luisa tan sólo recoge las muñecas que, día tras día, aparecen a los pies de su cama mientras su hija ya reposa bajo el tercipelo de su colcha. Entonces las envuelve con papel de periódico y las prepara para el siguiente domingo.

Los titulares de hoy han sorprendido a la Señora Luisa. Niña, muerte, muñeca han saltado a sus ojos mientras envuelve una pequeña muñeca de porcelana con pelo castaño y ojos verdes. Ha ahogado un grito con sus manos, soltando el juguete que ha estallado en mil pedazos al tocar el suelo. Un viento frío ha azotado a la mujer y una mano transparente y diminuta se ha agarrado a la suya.

El reloj de la torre ha anunciado las diez. La noche ha caído sobre la casona y a la Señora Luisa apenas le quedan unos minutos. Entra en la habitación de Carmina y la observa, aún dormida, con dulzura y tristeza. Ha abierto el último cajón de la cómoda, sólo ella sabe del doble fondo que ahora está abriendo y acariciando con sus dedos la madera basta que aguarda en su escondite.

El corazón late frenético en el viejo pecho de la Señora Luisa. El cuerpo casi inerte de Carmina se mueve lentamente bajos las pesadas telas mientras su madre coloca sobre su pecho la tosca punta de madera que lleva décadas evitando. Los ojos amarillos se abren de golpe mientras ve su pecho atravesado. La madre deja que las lágrimas bañen los ahora mortecinos labios de su hija que se consume mientras el reloj de la torre le recuerda que sólo han pasado treinta minutos y que, ahora, estará sola para la eternidad.

Cientos de muñecas han estallado y se han deshecho en las estanterías de los clientes de la Señora Luisa. El viento arrastra terroríficos gritos hasta las pequeñas lápidas de la ladera del cementerio. Mañana será domingo, pero la Señora Luisa no montará su puesto, su mercancía, por fin, descansa en paz.

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