La última cena

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Mi Señor era así, siempre hacía las cosas a su manera, con su refinado y peculiar sentido del humor. Por eso, no me sorprendió que me hiciera llegar, a través de su fiel abogado, indicaciones precisas para la noche de la apertura de su testamento. 

Disponer la mesa del gran salón; con la mantelería heredada de su madre, la honorable Gran Duquesa de Pardillo de Villabajo; la fina cristalería y la cubertería de plata, lustrada y brillando. Una cena de gala para los herederos de mi Señor antes de la lectura de su testamento. El menú, patatas a lo pobre, cosas de la fina ironía de mi Señor. 

La última voluntad de mi Señor incluía un párrafo para sus fieles criados. Disponer la tosca mesa de la cocina con una suculenta mariscada y vinos blancos de la bodega privada del Señor. No dejaba nada al azar, el Señor Duque. 

A la hora fijada, los invitados fueron llegando. Alto copete entre los visones y astracanes, lástima que estuviéramos en agosto y el sudor arruinara los maquillajes de las señoras y despintara los tintes del pelo de los señores. 

Marcaba el reloj las once cuando el letrado tomó la palabra no sin antes indicarnos al servicio que nos retiráramos a cenar. Colocó sus anteojos sobre la aguileña nariz y comenzó a leer solemne.

Por la presente, yo, Don Aureliano de la Mazorca y Guzmán, Duque de Pardillo de Villabajo, quiero expresar mis últimas voluntades, aquellas que tuve en vida y que ahora, tras mi muerte, os hace llegar mi fiel abogado, Don Lucio. 

Sobran las palabras tras la cena brindada, eso es todo lo que obtendréis de mi, malas pécoras. No miréis para todos lados, sabéis de sobra de lo que hablo. Ya podéis ir al Monte de Piedad y empeñar esos abrigos. Papas a lo pobre porque eso es lo que sois, desagradecidos. ¿Pensabais que era tonto? Ni uno solo de vosotros vino a verme a mí lecho de muerte, en el que, por cierto, estuve años. 

Como os preguntaréis qué será de mis bienes, os agradecería que, os acercarais a la cocina. Por si alguno no sabe dónde está, solo hay que bajar la escalera. Abajo no hay una mazmorra como pensáis, no, allí se encuentran los amables criados, esos que creéis que forman parte del mobiliario de la casa. 

Observadlos, aún no saben que tienen la vida resuelta. Son felices simplemente con la cena que les he regalado. 

Gracias por venir a mi cena de despedida, queridos. Por favor, abandonad mi propiedad sin protestas y vayan abriéndose perfil en InfoJobs.

P.D. No os asustéis, no es viento lo que suena, no he podido reprimir las carcajadas”.

2 Comentarios

  1. Je, je, je… Desde luego que la venganza se sirve fría. Me gustó tanto la forma, con ese vocabulario tan de la época, como el fondo. Un abrazo!!

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