Despertares

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A los treinta te das cuenta de que hay dos tipos de personas, las que se levantan de buen humor y las que no. Antes de los treinta no te ha dado tiempo a hacer esta prueba empírica porque los años son inversamente proporcionales a las horas de sueño. Por eso, cuando con quince te levantabas a las doce, todo el mundo estaba ya de mal humor. 

No se trata de que te guste madrugar y seas tú el que levante al gallo. Tampoco que seas un ser noctámbulo y acabes durmiendo a las lechuzas. Da igual que te levantes sin despertador, pongas una sola alarma o tu teléfono entre en bucle mientras te tapas la cabeza suplicando cinco minutos más. 

Se trata de esas personas que, en cuanto abren los ojos por la mañana, descorren las cortinas al ritmo de “el dulce cantar” aunque ni sean la inocente Froilan María que interpretara Julie Andrews ni detrás de los cristales haya una cordillera austriaca sino un bonito bloque de ladrillo y hormigón. 

¿Qué clase de pacto con el diablo tiene esa gente que no ha puesto aún el pie en el suelo y ya andan sonriendo y gritando a los cuatro vientos mensajes del flower power? O, tal vez, se trate del abuso de sustancias psicotrópicas porque, tampoco podemos descartar que Satán, en su maldad, se levante con el pie izquierdo como cualquiera. 

Uno tiene que tener un período de adaptación para pasar de los brazos de Morfeo al mundo de los vivos. 

Por ejemplo, yo sólo le pido a la vida que nadie me hable, que me dejen volver a ser persona a mi ritmo y, siempre, con un café de por medio. Sólo eso, sencillo y, aún así, hay quién no lo entiende y me habla, me pregunta e insiste hasta que no me deja otra opción que mosquearme y dar un grito. 

Silencio. Disfrutar del mío y del ajeno, que mi cuerpo y mi mente vuelvan a saber dónde están después de abrir los ojos y no saber si han pasado siete horas o siete meses. 

Pero todavía puede haber algo peor que el que se levanta de buen humor, el que se levanta de buen humor y, encima, te despierta. Porque claro, debe compartir su buen humor con el mundo y te pega un zamarreón que ya no sabes ni dónde estás ni por qué hay un terremoto; te planta su sonriente cara a una cuarta de la tuya y, con el susto que te llevas, necesitas cafeína y un poco de cafinitrina para el corazón. ¿Os imagináis que el Príncipe hubiera dejado que Aurora se despertara sola? Seguro que no le habrían salido ojeras. 

Y tú, ¿qué tipo de persona eres? ¿De los que se levantan de buen humor o normal?

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