Versión Original

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Cuando una relación se me atragantaba, tenía la costumbre de someter a mis incautas acompañantes a la “Prueba del Atracón”. 

El domingo, muy temprano en la mañana, acaramelados y de la manita, nos íbamos a la recóndita y melancólica Sala Buñuel donde apenas una decena de locos cinéfilos poblaban los rojos butacones otrora concurridos, hoy aburridos y con una fina de polvo cubriendo el tejido casi como una premonición de su futuro y del mío. No había otra sala de cine de la ciudad en la que, por un módico y decente precio, podías comprar un cuadernillo con entradas para todas las películas que, durante ese día, exhibiera su única pantalla.  

Las primeras horas de la mañana solían estar dedicadas al cine costumbrista infantil y juvenil, con sus niños folclóricos cantando sus penas. Tras el vermú del aperitivo, alguna película del oeste, donde los indios arrancaban las cabelleras que, seguramente, usarían después en Casa Perico para sus peluquines y bisoñés.  Y así, abríamos el apetito que, a base de tinto con sifón y ensaladilla rusa, nos llevaba hacia la comedia romántica de primera hora de la tarde. Ellas, emocionadas con “Gar Gable”, solían reposar la cabeza en mi hombro dejando que mi brazo se aventurara un poco más. 

A estas alturas, muchas eran las que abandonaban la sala tras un sonoro bofetón, aunque en la pantalla no estuviera Rita Hayworth. Pocas soportaban la película bélica de las siete, a mitad del desembarco de Normandía, solía descubrirme solo. Sólo una llegó a la versión original de las nueve. 

No puedo decir que me gustara demasiado aquel largometraje ucraniano con sus subtítulos y sus aires comunistas, pero no quise hacer ningún comentario. La miraba por el rabillo del ojo y parecía absorta en el mundo rural de la URSS. 

Me levanté entumecido mientras en la pantalla aparecían los créditos finales. Tan sólo un par de cañas y unos pinchos de tortilla me separaban de la etapa final de mi plan. A mi lado, con los ojos fijos en la pantalla, parecía no ser consciente de que ya había acabado la película. 

Al grito de “¡Ha sido buena! ¿no te parece?” golpeé el hombro de mi catatónica acompañante que cayó a plomo sobre el butacón de delante. 

Resignado a la soltería, me colgué del brazo la gabardina y le dediqué una última mirada. 

—¡Ay, querida! La muerte te sienta tan bien…una lástima, ya sólo nos quedaba la del destape. -salí de la sala mientras, a mi espalda, la pantalla dibujaba un The End, estaba claro que no habría secuela. 

La foto de portada es de Karman Verdi.

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