La caja de la abuela Pandora

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El día que se enterró la abuela Pandora, yo tenía resaca. Quizás fue por eso por lo que no me quedó claro nada de lo que ha venido después. 

La noche anterior, mamá me había obligado a celebrar con ella que, según sus beodas palabras, por fin se había librado de la maldita bruja de mi abuela. Yo le seguía la corriente, mamá no es de esas mujeres a las que ignorar, y brindaba sin mucho afán mientras reflexionaba sobre las tortuosas relaciones suegra-nuera en nuestra vida familiar.  

Todo ocurría en verano o Navidad. Papá, santo varón, nos llevaba al Caserío de la abuela Pandora, en Zugarramurdi, en su viejo Seat Ibiza mientras mamá pasaba las largas horas de camino como quien se acercaba al patíbulo, rezando el rosario y persignándose con tanta insistencia que más de una vez pensé que acabaría por hacerse una rozadura en la frente como las que me hacían a mí en los pies los Gorilas del colegio; en su bolso, el monedero, las llaves, ajos, un espejo, un peina, una estaca, una bala de plata, algo de picoteo, agua bendita, pañuelos y la novena a las ánimas benditas del purgatorio. Yo me limitaba a mirar por la ventana con mi walkman.

La abuela nos esperaba con los brazos en jarras y un gran caldero de sopa que probaba a escondidas porque mamá se empeñaba en decir que me causaba alergia. Pasaba los días entre silenciosas comidas en el salón, repartidos por la enorme mesa de madera y rodeados de la colección de escobas históricas que lucían orgullosas en las paredes; paseos por las cuevas y el bosque, dibujando estrellas con las ramas de los árboles; y, la parte que a mi más me gustaba, fabricando velas artesanales con las que la abuela adornaba su despacho. 

Las noches eran otra cosa, el frío se colaba por las rendijas de las ventanas junto con el ulular de los búhos y los aullidos de los lobos. Papá y mamá las pasaban prácticamente en vela, recordándole él que “la bruja, como ella la llamaba, era su madre y que hiciera el favor de tenerle respeto” y replicándole ella que “como si era el Papa de Roma, que no la quería cerca de su princesita”. 

Y así, cada seis meses, una batalla campal se desataba entre mis padres que acababa en el momento que la abuela, cansada de gritos, me cogía de la mano y me subía al desván para leerme cuentos fantásticos. Eso terminaba de desquiciar los nervios de mi madre que, tirando de mí, se metía en el Ibiza y esperaba a que mi padre, resignado, condujera de regreso a casa. 

Con la adolescencia, mamá pensó que lo mejor era enviarme a aprender algo nuevo cada verano y mientras más lejos de Zugarramurdi mejor perdiendo todo el contacto con la abuela Pandora hasta que, hace unos días, papá me llamó para informarme que había fallecido y que no nos quedaba más remedio que ir al pueblo para su entierro y la lectura del testamento. 

Cinco botellas de cava, un par de ibuprofenos y trescientos kilómetros después, mis pies volvieron a pisar la hojarasca de la entrada de la Casona. Apenas un par de enjutas y enlutadas señoras nos esperaban entorno al ataúd de la abuela, con sus tupidos velos negros tapándoles el rostro y un sermón bisbiseado en los labios. Quizás fuera el efecto de las burbujas del cava, pero, en ese momento, me pareció que la escena se había escapado del cuadro de Goya que tenía la abuela en la entrada al caserón y que, mis ojos en proceso de adaptación al cambio de luz veían en blanco.

Poco familiarizada con los rituales funerarios de la zona y con un señor tocando el bombo dentro de mi cabeza, no me resultó extraño que las menudas viejecitas, cargaran con el féretro hasta el bosque e, introduciéndolo en una suerte de horno de piedra, le prendieran fuego. Quizás un inspector de sanidad habría objetado algo, pero, por mi parte, bastante tenía con evitar que mis tripas acabaran saliéndome por la boca. 

Después, un señor con pinta de trol y formación de letrado leyó la larga carta que había dejado la abuela como testamento, mientras mamá descorchaba otra de las botellas de cava que, desde la noche anterior, la acompañaban. Cuando llegó a la parte en la que mencionaba mi nombre, me tendió una caja con una carta encima, me advirtió que no podía abrirla hasta el día que cumpliera treinta años, cerró su portafolios y se fue. 

Así que me ves, ahogando en vodka el contenido de la carta. Hoy es mi treinta cumpleaños y, como broma, a la abuela Pandora le habría quedado estupenda. Pero no, en lugar de dejarme dinero o la casa con la condición de que me case en menos de seis meses, como viene siendo habitual en todo abuelo colgado que se precie, me ha dejado a mí con el muerto de decidir cómo quiero que se acabe el mundo. 

En cuanto que abra esta caja, tendré que girar la llave roja o la llave azul y todo habrá terminado. Un nuevo Big Bang con todas sus explosiones y bolas de fuego; o una nueva glaciación, cargadita de hielo…ponme otra copa, no me mires con esa cara, se supone que los camareros están para escuchar a los desgraciados como yo que no podemos pagar un psicólogo. ¿Qué llave cogerías tú? Es que a mí lo de elegir siempre se me dio mal y la carta lo dice muy clarito, “elige la forma porque, te pongas como te pongas, el fin del mundo ha llegado, ¿a qué ya no brinda tu madre con cava?” …no tengo ni idea de cómo sabía ella antes de morirse lo del cava…mira, lee, ¿a ti lo de Caja de Pandora no te suena de algo?

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