Vuelva usted mañana

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La hipoteca, la correa de distribución del coche, la luz, el agua, comer, el gas, los impuestos…la calculadora de Manolo echaba humo. Había intentado cuadrar los números pero los suyos eran tan redondos como el cero que marcaba la cuenta corriente. Se rascó la cabeza, no tenía ni idea de cómo iba a decirle a Chelo que la niña no podía hacer la comunión. Oficialmente, eran pobres…hartos de trabajar pero inmensamente pobres. 

Resopló acordándose del árbol genealógico del tipo que digo que el trabajo dignificaba. Tenía callos de apretar tornillos en la fábrica y la espalda de Chelo no aguantaba limpiar más escaleras. Y el calendario sólo le recordaba que mañana era día uno y le quedaban más de quince días para cobrar; en este país sólo cobraban puntualmente el primero de mes los abuelos y ni eso tenían ellos, un abuelo que les ayudara con los gastos o, por lo menos, le pidiera las medicinas al médico de cabecera. 

No pudo dormir. La cabeza seguía dándole vueltas a los números por si encontraba alguna solución y el insoportable calor de julio tampoco ayudaba pero no podía poner el aire acondicionado ni siquiera el ventilador, había que ahorrar dinero y energía que el planeta se estaba muriendo. 

Con el mismo runrún se levantó a la mañana siguiente. El calendario seguía marcando el día uno y las medias de Chelo colgaban del tendedero. Las tanteó, estaban secas y quizás fueran de su talla aunque no tenía tiempo de probárselas. Rebuscó en el cajón de los juguetes de Pedrito hasta dar con lo que buscaba y bajó corriendo las escaleras desde el quinto, aún a riesgo de tener que llamar al seguro y que a Chelo se le acabaran los problemas económicos. 

Caminó hasta la esquina. Allí no podía ser, era demasiado cerca y no quería que las vecinas lo comentaran con Chelo en la panadería. Andó un poco más pero, al darse cuenta que no llevaba la bolsa de la compra, tuvo que volver sobre sus pasos y comprar un bote de 3en1 en la droguería, ahora ya tenía bolsa y por fin podría quitarle el chirrido a la puerta del cuarto de baño. 

Tres manzanas después, paró. Intentó colocarse las medias pero fue imposible, las tiró en la papelera y entró maldiciendo, ahora sabía por qué le llamaban “er cabessa”. Miró a todos lados, no había nadie que él conociera y, la posibilidad de que aquellas personas lo conocieran a él se reducía a mínimos, su cara era de lo más común. 

Se acercó a la única ventanilla disponible. Delante suya, tres viejas con sus carros de la compra y sus monederos bajo el brazo. Pensó que quizás sería más fácil pero descartó la idea sacudiendo la cabeza, ese era su problema, nunca había tenido altura de miras. Esperó su turno sintiendo el bote de 3en1 en un bolsillo y el juguete de Pedrito en el otro. 

一Esto es un atraco.- susurró al cajero que ojeaba los papeles que tenía sobre el mostrador. Miró a todos lados, nadie lo había escuchado así que, garraspeó y volvió a repetir que aquello, era un atraco. 

一Esto es un atraco.- informó por tercera vez sacando del bolsillo la pistola de cheriff de Pedrito. 

El cajero, visiblemente molesto, levantó la cabeza y, sin darle tiempo a Manolo para que enseñara su temible arma, señaló el folio que estaba sujeto con papel celo al cristal blindado. 

一¿Es que no sabe leer? -inquirió dando golpecitos.- El Horario de ventanilla es hasta las once y ya son las once y cuarto, ¡vuelva usted mañana!

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