Luz de gas

Pasa, pasa, mi amor, te estaba esperando. Te has retrasado, hace ya un buen rato que escuché dar las diez en las campanas de la torre…aunque no sé de qué me sorprendo, siempre llegabas tarde cuando estábamos juntos…cuando estabas vivo. 

Perdona que no me asuste al verte aquí, supe que eras tú la primera vez que sentí esa mano fría bajar por mi espalda desde mi nuca. Tampoco fue muy inteligente escribir en el espejo del baño para que pudiera leer tu mensaje al salir de la ducha, siempre tuviste esa manía; al principio me resultó entrañable, romántico, luego simplemente me pareció una tontería que sólo servía para ensuciar el cristal que, por supuesto, tú no limpiabas. 

No me mires así, supe la verdad hace mucho tiempo. Abrí los ojos pero te dejé que siguieras viendo en mí a una víctima, a una presa fácil e inocente a la que volver loca…loca…qué palabra más terrible, menos mal que mi psicoterapeuta me hizo ver la realidad, ni yo estaba loca ni tu eras el amante esposo que predicabas. Pero te permití seguir tu juego, tus desprecios velados, tus palabras hirientes…tu maldad. 

Sabes que podría haber pedido ayuda, haber intentado dar una solución legal pero como no quería seguir engañándome, estaba convencida de que no lo ibas a consentir y yo seguiría atada a ti de por vida. Tú y tus hilos. No, busqué una salida mucho más efectiva y definitiva.

Aunque tengo que reconocer que en algo tenías razón. Este vino es magnífico, tu favorito, ese que me negabas porque yo no sabría apreciar un caldo así. Ya ves, aquí estoy deleitándome con el sabor de la botella final…me entran ganas de reír cada vez que recuerdo como te tomaste la que creías que era la última botella. Con la misma ceremonia de siempre, descorchaste la botella y la serviste en el decantador para que se oxigenara; después de acercaste a la chimenea y azuzaste un poco el fuego, aflojaste el nudo y sacaste una copa del mueble; luego, volviste por el decantador y te sentaste en el sillón, frente al fuego, bebiendo despacio. Fue maravilloso escucharte insultarme mientras bebías despacio, saboreé mi victoria a la vez que tú saboreabas el vino.

No entiendo por qué me miras así. Esos ojos de terror no te pegan nada, amor. Tú, el brillante hombre de negocios, el macho perfecto, lo mejor que me había pasado en la vida…¿no era así lo que me decías? Cada vez que recuerdo esa última copa de vino, sonrío satisfecha. Un ataque al corazón dijeron los médicos pero claro, ellos no saben nada de las hermosas ranitas que esta inútil bióloga tiene en su laboratorio…batracotoxina, querido, nada que no supieran ya los indígenas del Amazonas. 

Se agota el tiempo, mi vida. Mis maletas ya están en la puerta y a primera hora llegará el camión de la mudanza de los nuevos inquilinos. Se acabó nuestra historia, hasta que la muerte y una mudanza nos separe…¿Sabías que no podrás seguirme? Tu espíritu está atado al lugar de tu muerte, a esta casa, a este salón. No molestes mucho a los nuevos inquilinos, querido, quizás ellos no tengan tanta paciencia con un fantasma desgraciado y acaben llamando a un exorcista.

Ilustración Daniela Gallego. Participación en el reto semanal, El bic naranja.

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