Valentín, hoy no es tu día

Había cuidado al detalle la cena. El mejor restaurante, la mesa más romántica, velas, champán, delicatessen dignas de los paladares más exigentes y suave música de fondo que envolvía la escena con un aura mágica.
Valentín miró el reloj, ella se retrasaba y no era habitual. Se volvió hacia la puerta y allí estaba, venía corriendo, era imposible que parara el ritmo. No había podido pasar por casa, el maquillaje que se puso esa mañana había desaparecido y solo quedaban unas ojeras marcadas, una cola despeinada y una especie de sonrisa vacía. Se sentó en la silla y no se paró ni a saludar a Valentín.
—Llego tarde, lo sé y lo siento, pero me ha sido imposible venir antes. Cuando iba a salir he tenido un problema que ha tardado más de la cuenta en solucionarse y para colmo el tráfico de esta horrible ciudad.
—No te preocupes, yo acabo de llegar, también me ha cogido atasco.
Valentín hizo un gesto al camarero que se acercó con la botella de champán. Ella seguía pendiente del móvil, cogió su copa y la vació de un sorbo.
—Valentín, lo siento, tengo que irme.
—¿Por el trabajo?
—No, Valentín, esta vez no es el trabajo, no tiene sentido esta… parafernalia. En casa no queda nada mío, me voy para siempre.

—Pero, ¿de qué hablas? Si es 14 de febrero y estamos celebrando que nos amamos.

—¿Amarnos? No sé qué es eso.
Valentín la miraba perplejo, no se esperaba que la cena transcurriera por esos derroteros. Ella seguía hablando, pero él no escuchaba.
—Hace tiempo que no sé qué es el amor. Antes dejaba el trabajo para volver pronto y estar contigo, pero tú nunca estabas. Has pasado más tiempo en hoteles que en casa y, desde luego, conoces mejor a tu compañero que a mí. Lo siento, Valentín, pero me he cansado de tener una relación fantásma, con alguien invisible. Ahora dirás que yo también le dedico muchas horas al trabajo, pero no te pararás a pensar que no he tenido otra opción, era eso o darme al alcohol mientras esperaba que volvieras o que, por lo menos, te dignaras a llamarme.
Bebió otro sorbo de champán, el discurso le estaba dejando la boca seca y aún le quedaba mucho por decir.
—Para ti quererme es llegar de tus viajes con un regalo, mientras más caro mejor. Has querido compensar tu falta de atención con bolsos y zapatos.
Valentín seguía sin escuchar, su voz interior no paraba de decirle que era una zorra que se había cansado de él y que seguro que se estaba tirando a otro, tal vez al guaperas de su departamento, ese que la desnudaba con los ojos en sus narices el día de la cena de empresa.
—No hay otro hombre, no tengo fuerzas. Necesito estar sola, más aún de lo que ya estoy…
Ella se levantó, cogió el abrigo y el bolso para irse. Valentín la miraba, casi no le salían las palabras.

—¿Cómo puedes hacerme esto? Es el día de los enamorados, he preparado una cena romántica en el mejor restaurante de la ciudad y te he comprado un regalo que me ha costado una fortuna. Deberías habérmelo dicho antes de que me gastara todo este dinero.

Ella se rió, estaba claro que no la había escuchado.

—Valentín, hace más de una semana que no te veo. He intentado hablar contigo, pero siempre estabas reunido y cuando llegabas al hotel, cansado. Adiós, Valentín, espero que seas feliz y que aprendas a amar. ¡Ah! Se me olvidaba, feliz santo.

(Publicación original febrero de 2013).

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