Sigue a Alfa Centauri

Dejó reposar su frente sobre el cristal tratado de la escotilla del transbordador X35, se sentía demasiado cansada. Con esfuerzo, miró a través de la ventana contemplando la negrura que lo envolvía todo salvo aquella minúscula esfera luminosa. Desde su posición, la Tierra parecía una de aquellas bolas navideñas con las que su madre adornaba el árbol en casa. Casa. Enfocó la visión intentando reconocer el microscópico punto que debía ser su casa o lo que quedara de ella.
Pulsó el creador de recuerdos y se sentó a observar las imágenes que aquella tecnología había elegido para ella en esta ocasión. Era el viejo sofá de papá, situado junto a la chimenea y, sobre la mesita de té, el nacimiento napolitano que la abuela regaló a mamá. Acercó la imagen un poco más, recordando las horas que de niña pasaba mirando al pequeño que descansaba en el pesebre, siempre le cayó simpático.
De pronto se sintió sola. La última vez que había tenido contacto con otra persona fue el día del lanzamiento de la cápsula que la llevó hasta el transbordador y, sin embargo, nunca había tenido esa horrible sensación de vacío que ahora la embargaba. Volvió a mirar al pequeño que sonreía en su humilde cuna.
Tal vez no debió aceptar la misión. Marte podría estar bien pero las croquetas de la Tía Carmen y la sopa de pavo de mamá seguro que era mucho mejores que un baldío rojo y seco. Conectó el sonido de su creador de recuerdos y se dejó envolver por la suave melodía del villancico que cantaba el abuelo al compás de su pandereta justo antes de repartir el aguinaldo a todos los niños.
Luego todo se esfumó. Nadie pudo contarle como se produjo el accidente nuclear masivo porque nadie quedó sobre la tierra. Estaba sola y ya no le quedaba esperanza para seguir. Las lágrimas nublaron sus ojos al comprender que nada de aquello por lo que había luchado, era real. Todo era una falacia y todo había quedado atrás. Se arrepintió de no haber estado allí la última Navidad. Ella iba a hacer algo realmente grande, algo que pasaría a la historia, no tenía nada que ver con aquellas leyendas sin fundamentos de niños nacidos en establos, estrellas guías y magos.
Una desagradable descarga la sacudió. Aquel chip subcutáneo estaba creándole demasiados problemas pero ya nadie podría arreglarlo. Golpeó el antebrazo logrando tan sólo que la máquina de los recuerdos se bloqueara y congelara en la pantalla la imagen del pequeño que le sonreía sin parar mientras que ella sólo podía llorar al mirarlo.
El cansancio la atrapó por completo y se dejó caer sobre el camastro justo al tiempo que Alfa Centauri comenzaba a brillar con fuerza atrayendo al transbordador tras su luz.
Abrió los ojos desorientada, ¿dónde estaba? ¿cuánto había dormido? El zumbido de su comunicador la devolvió a la realidad. Miró su brazo pero allí no había nada. ¿Era un móvil? ¿Para qué quería ella un móvil? En el espacio eran completamente inútiles y tampoco tenía ya con quien hablar. Lo encontró bajo la almohada, con su pantalla parpadeante. MAMÁ.
一¿Si? -respondió asustada, aquella era una cruel pesadilla y tenía que despertar.
一Belén, cariño, ¿no bajas a cenar? -realmente era la voz de su madre la que estaba al otro lado de la línea.
一Pero…¿cómo? -sorprendida miró a su alrededor, aquellos pósteres de planetas y constelaciones, aquel telescopio, su pijama de cuadros rojos, estaba en casa.
Bajó con miedo las escaleras. Aquel sueño era tan real que hasta podía oler la sopa y oír al abuelo mientras Alfa Centauri brillaba al otro lado del ventanal del salón. El nacimiento napolitano llamó su atención, el Niño le sonreía a la vez que le guiñaba un ojo. Era un milagro y no pensaba desperdiciarlo otra vez.

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