Rayos sobre Ibiza

He visto White Lines.

Este no es un blog de reseñas (aunque no estaría mal incluir un post mensual de resumen de películas/series similar al de los libros que leo) y este post no es la excepción.

En uno de los capítulos, hacia la mitad de la serie, una escena discurre en el inicio de una tormenta. La protagonista está hablando con el cielo oscuro (es prácticamente de noche) e iluminándose por los rayos. Y en ese momento que tendría que estar centrada en el diálogo y en los personajes, aquel cielo que veía en mi pantalla, me envolvió (otra vez) porque ya lo había visto y vivido antes. 

Fue una noche de finales de agosto, primeros de septiembre. 

Aquel verano todavía no me había dado el alta (por primera vez) mi psicólogo pero ya el camino estaba avanzado. Elegimos Ibiza a ultimísima hora, yo llevaba algunos meses en paro y no íbamos a ir a ningún sitio pero un regalo inesperado, nos llevó hasta allí. 

Una tarde mientras tomaba una Cruzcampo  (sí, en Ibiza…en París también la he tomado, otro día os contaré esa historia) me fijé en un cartel. Steve Aoki tocaba ese día en el Café Mambo. Para los que no hayan ido nunca, Mambo es lo que aquí llamamos una terracita, en el Paseo Marítimo de Sant Antoni de Portmany, donde ver los atardeceres de la isla, un espectáculo que hay que ver, al menos, una vez en la vida. 

Sin gustarme la música electrónica y conociendo a Aoki por tener el triste mérito de ser el DJ que tocaba la noche de la estampida del Madrid Arena, allá que nos fuimos con esa sensación tan mía de “qué hace una chica como tú en un sitio como este” –las etiquetas y yo– pero con el convencimiento de que hay cosas que uno debe vivir al menos una vez en la vida (como, por ejemplo, un concierto gratuito del entonces mejor DJ del mundo bajo la atardecer dorado de Ibiza). 

Y allí estaba, cerveza en mano, rodeada de gente que lo daba todo y dejando que, por esta vez, fuera la vida la que me llevara a mi y no al revés.

En medio de aquello, el cielo se oscureció y varios rayos hicieron presencia. Las tormentas eléctricas siempre me han parecido un espectáculo maravilloso de la naturaleza y aquella, sobre el mar, era especial. Tras los rayos, los truenos y, después, goterones de lluvia caliente (que cada uno entienda lo que quiera pero aquí, ni hay licencia poética ni hay doble intención, a aquella lluvia le habían encendido el termo).

Viendo el “tejao” y la hora, en un momento enajenación y responsabilidad, pensamos que lo mejor era irse a cenar. Así que dejamos allí el Café Mambo, a Steve Aoki y a todos los zumbados entusiastas. Habíamos andado poquísimo cuando el agua empezó a apretar. Acabamos corriendo por el paseo marítimo bajo esa lluvia que levantaba todo el calor del mundo pero, sobre todo, acabé muerta de risa.

Creo que jamás me he sentido más libre que en aquel momento. Correr bajo la lluvia y reír, sin más.

Nos creemos libres viviendo esclavos del tiempo y las expectativas, de etiquetas y presiones (auto) impuestas, del que dirán, de sentirnos un fraude, de hacer “lo que toca”. Y luego, simplemente, llega la lluvia para enseñarte la verdad (una verdad libre como esta y otra dolorosa como la de mayo de 2016)…o un virus microscópico. 

P.D. Si no conocéis Ibiza, hacedlo. Merece la pena sentir la fuerza que tiene la isla más allá de los estereotipos. 

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