Balcones

Echó un último vistazo a la ventana de casa. Era extraño que nadie hubiera salido a despedirlo como hacían siempre. Miró su reloj algo contrariado, parecía que aquel viejo chisme había decidido pararse justo cuando más falta le hacía. Colocó la mano derecha sobre el pecho sujetando el antifaz a la altura del corazón intentando proteger su capirote del traicionero aire que se había levantado aquel día. Su capa describió una verónica perfecta alrededor de su cuerpo, el frío estaba calándole los huesos. Parecía que hoy todo se volvía en su contra.

Avanzaba despacio por las calles empedradas. Tenía la horrible sensación de que, aunque movía sus pies, su cuerpo no se desplazaba ni un solo milímetro del sitio. Se angustió pensando que llegaría tarde para ocupar su puesto en el cortejo, pero la edad no perdonaba. Quizás por eso, este año le hacía especial ilusión, los años no pasaban en balde y el tiempo se había vuelto implacable con él, ya no habría otra ocasión para iluminar el caminar sereno del Señor. Y lo haría desde la cercanía de la última pareja de cirios, toda una responsabilidad.

Cogió todo el aire que la tela del antifaz le permitió y continuó su camino, al final, con tanto recuerdo y tanta melancolía, iba a llegar tarde y, como él mismo sabía, eso era algo que no le gustaba a los diputados.
Los tramos ya estaban perfectamente formados cuando por fin llegó. Dos largas hileras de cirios que, curiosamente estaban encendidos ya, marcaban el recorrido que debía hacer hasta el paso del Señor. El inicio y el final de su camino.

—Hermano, por favor, descúbrase. —Aquel diputado era nuevo, estaba convencido de que recordaría haber visto por la Hermandad a aquel joven barbudo que tanto le recordaba a aquel San Pedro que reposaba junto a la puerta del Perdón de la Catedral. Aunque también era cierto que él ya no iba tanto como antes. Ahora tenía que conformarse con acudir a sus cultos y hacer algunas visitas esporádicas, los puestos los habían heredado ya los jóvenes, tal y como mandaba la rueda de la vida.

Con las manos temblorosas retiró su capirote y buscó la papeleta de sitio en el bolsillo que le habían puesto en la túnica. ¿Sería posible que la hubiera olvidado en casa? Nervioso continuó buscándola en la cartera, pero nada, aquella dichosa cabeza suya que últimamente le hacía olvidarse de todo le había jugado una mala pasada.

—No la encuentro.—El nazareno agachó la mirada, avergonzado.

La mano del diputado agarró la suya y comprobó que una sonrisa fraternal se había dibujado entre la espesa barba. Se sintió calmado ante aquel gesto.

—Hermano, no se preocupe, le estábamos esperando.—Una repentina sensación de bienestar inundó al nazareno.— Acompáñeme hasta su balcón, la cruz de guía va a salir en unos momentos y ya hay quien mira hacia el cielo buscándole…¿los ve allí?

El nazareno siguió con la mirada el dedo del diputado. En ese momento los vio, allí estaban todos, como siempre, y miraban al cielo con lágrimas en los ojos y una sonrisa en los labios como tantas veces hizo él mismo cuando su padre murió.

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