Coitus Interruptus

—¿Cómo fue tu primera vez, abuela? —A mi madre se le cayeron de las manos las rebanadas de pan que estaba cortando y mi abuela se giró con la espumadera chorreando aceite y una mirada socarrona.

Estaban en la cocina, preparando la comida como cada día. Yo entré en la cocina como un torbellino, sin dejar tiempo de reacción a ninguna, ondeando con orgullo una rosa roja.

—¡Vaya, alguien tiene un pretendiente!

—Abuela, no seas antigua, se dice crush.

—¿Cras? Eso suena a cucaracha pisada.

—Mira que eres cateta, mamá…un crush es un amor platónico.

—¡Ah, claro! Como yo con tu padre, un flechazo.

—Que no, abuela, un crush es algo más…de guarreo.

—¡María, no hables así delante de la abuela!

—¡Ni que una fuera una mojigata! ¿Te has creído tú que naciste del Espíritu Santo?

—¡Mamá, no digas eso con la niña aquí!

—Ay, Loli, hija, llévale a tu padre un chatito de vino y déjame tranquila con la niña.

Mamá salió de la cocina refunfuñando, no le gustaba el salseo, pero como yo sabía que a la abuela le iba la marcha, le picaba para que se le soltara la lengua.

—Bueno, abuela, al grano, que va a volver mamá.

—Te temo, María, a ver, ¿qué se te pasa por la cabeza?

—¿Tú…?

—Yo, ¿qué? Arranca de una vez, valentona, ahora no te vengas abajo.

—¿Tú te acostaste con el abuelo antes de la boda?

—¡Ay, picaruela! Como entre tu madre y te escuche…Pero sí, hija, la paciencia no es lo mio.

—¿Y mamá fue un penalti?

—¿Penalti? Tu madre fue un gol en el descuento.

—¿Fue bonita la primera vez?

—Cariño, no creas todo lo que dicen. La primera vez es tan mala que no sabes por qué repites. A mí me llevó tu abuelo al parque a pasear y echar chochos a los patos… y un chocho llevó a otro así que acabamos en una fonda con un tablón y un colchón de lana con más chinches que borra.

—¿Y qué pasó?

—Nada, una quiere mucho a tu abuelo y lo dejó hacer a él, no se fuera a mosquear. Pero qué torpe es el pobre. Aburrida le tuve que decir, “mira, Isidro, desnúdate tú, que yo me quito lo mío porque al final te cargas los botones”.

—Bien, abuela, qué romántica.

—¡Qué romántica ni romántica! Que la habitación se pagaba a real la hora y teníamos menos fondos que la tuna en Cuaresma. Total, a tu abuelo le dio vergüenza y apagó la luz. A oscuras se lió a toquetear sin tino a ver si encontraba algo.

—¿Algo de qué?

—¡Ay, María, algo de algo! Nos tumbamos y entre la falta de luz y lo torpe que es… que por fin dio con el ojal y enhebró la aguja.

—¿Enhebró la aguja, abuela?

—¿Qué quieres que te diga, María? Que tengo mis años y eres mi nieta.

—Sigue, anda, que viene mamá y no quiero quedarme a medias.

—Eso mismo le dije a tu abuelo, “Isidro, no sé si esto se hace así, pero no vayas a dejarlo a medias” y él, muy obediente, se esmeró. En lo mejor del querer, cuando me subían cosquillas por la barriga, el muy bestia dio un empujón tan fuerte que tiró dos patas y la cama hizo la catapulta y nos tiró a la pared del frente.

—¿Os caisteis?

—¡Digo! Como pude le di a la luz y tu abuelo parecía que estaba jugando al Twister ese que tú jugabas de chica, con una mano en el rojo y un pie en el azul. A mí me dio por reir, a tu abuelo por enfadarse y si no llega a ser por lo pesada que soy, acaba de monje cartujo.

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