El correo de los martes (19 de mayo)

Mis queridos lectores,

Esta es la tercera carta. La verdad es que cuando escribí la primera pensaba que yo sería la primera en aburrirme de hacerlo porque, seamos sinceros, tampoco espero mucho éxito de las misivas. Pero me he dado cuenta de que me está sirviendo como un mecanismo de reflexión y como un ejercicio de escritura que me viene muy bien porque en los últimos tiempos escribo poco y siendo que lo hago mal.

Esta semana tengo varias ideas agolpándose en mi cabeza porque ha sido una semana intensa en lo reflexivo. Pero voy a tratar de separarlas y así, de paso, acumulo material por si en otra ocasión las musas no quieren visitarme. ¿Vamos?

¿Qué piensas de la belleza? ¿Y de la felicidad? Ya ves que hoy vengo fuerte.

En un momento de scroll en una red social vi una publicación que desde las primeras cinco palabras destilaba clasismo y, si me apuráis, asco. El texto venía a decir que era horrible la estética de los barrios obreros de España, pero lo hacía añadiendo “pobre”, “mal gusto” y remataba con la frase que me hizo reaccionar: “¿es posible ser feliz en un lugar tan feo?”.

Perdonad que no incluya la publicación, me siento obligada a no darle más visibilidad de la necesaria que fue compartirla lanzando al aire cibernético varias preguntas: ¿Es posible ser feliz en una favela? ¿Es posible ser feliz en un campo de refugiados? ¿La belleza te asegura la felicidad? El abanico de respuestas que se abre es tan grande que llevo días con ese peso en la cabeza.

¿Es posible ser feliz en una favela? ¿Es posible ser feliz en un campo de refugiados? ¿La belleza te asegura la felicidad?

La belleza universal no existe, empecemos por ahí. La belleza es algo que cualquier filósofo puede definir mejor que yo, pero lo que tengo claro es que es un concepto subjetivo en el que influye la época y el lugar además de, por supuesto, factores socioeconómicos. Sólo hay una belleza que nos puede unificar y esa es la de la naturaleza.

La felicidad es un término no menos complejo. Hay quienes lo asimilan con poder o con dinero. Pero siempre me quedaré con la definición que me dio hace ya algunos años mi psicólogo, la felicidad es la serenidad entendida como un equilibrio entre nuestro cuerpo, nuestra mente, nuestro entorno…

Teniendo algo más claros ambos conceptos, vuelvo a la foto del barrio obrero. Todos los conocemos, están en el segundo o tercer anillo de nuestras ciudades. Son esos barrios construidos a partir de los años 60, muchos de ellos para sustituir a barrios de chabolas o casas humildes, con torres hechas de ladrillo, de muchos pisos, pero pocos metros, con alguna pequeña zona verde o alguna pista para jugar al fútbol o al baloncesto, cercanos a estaciones o a circunvalaciones… Esos en los que se realojaron vecinos que ya ocupaban esos barrios de forma marginal y a los que se mudaron parejas jóvenes que tampoco podían hacer frente al precio de las zonas donde se habían criado.

No eran barrios diseñados para ser bonitos sino para ser funcionales. Pero en esos barrios, tan diferentes de los ensanches burgueses del XIX y primeros del XX, la gente era feliz. Y había felicidad en la pareja que comenzaba su familia y en los vecinos que celebraban cada pequeño logro como un premio nobel. La mayoría de la población de este país ha crecido en estos barrios y ha sido más o menos feliz.

No eran barrios diseñados para ser bonitos sino para ser funcionales

Juzgar la felicidad de una persona por el tipo de edificios de su barrio es asumir que sólo quienes viven en casas señoriales o palacetes son felices. Porque claro, ¿hay más belleza en una barriada de casas unifamiliares todas iguales que en un bloque de pisos de ladrillos? ¿quién dice que una casa de hormigón y hierro es bella y, por tanto, sus habitantes son felices?

No sé qué pensarás querido lector, pero es reduccionista y muy clasista asumir que la belleza te hace ser más feliz o que la única belleza que existe es la que catalogas bajo tu criterio sesgado por tus vivencias, tus oportunidades, tus gustos, tu capacidad económica… Si la belleza o el dinero fueran el único requisito para la felicidad, posiblemente el mundo tendría muchísimos menos habitantes.

Podría seguir divagando, pero no quiero extenderme demasiado. ¿Qué opinas tú? Nos leemos la próxima semana.

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