“Me voy a París a estudiar, todo el verano, vente conmigo”. Aquel había sido el pistoletazo de salida para nuestra primera vez. Recorrimos los Campos Elíseos cogidos de la mano, descubriendo, descubriéndonos, saltando charcos en un verano en el que no dejó de llover. Nos dejamos sorprender por la ciudad, por el lujo y las luces, por un amor nuevo, repentino y joven, con prisas y dispuesto a derribar los muros que nos bloquearan el camino.
París en Navidad. La ciudad nos recibió serena, aunque bulliciosa. Nos protegimos del frío abrazados, caminando entre la multitud que caminaba deprisa, cargada con multitud de bolsas y ajenas a la belleza de una ciudad que respiraba dicha entre los copos de una nevada que nos amenazaba con enfriarnos entre adornos coloridos y música festiva. Los Campos Elíseos rebosaban con la felicidad de nuestro amor y fueron testigos de los besos cálidos y con sabor a hogar de aquel invierno.
El paso de los años había secado el verano y borrado el brillo de los Campos Elíseos. Las grandes tiendas antaño llenas de vida, lujo y compradores compulsivos lucían persianas bajadas y feos carteles de inmobiliarias avisando de su disponibilidad. Caminábamos con prisa, absortos en nuestros teléfonos, incapaces de volver a disfrutar de París; la ciudad, como nosotros, había cambiado demasiado.
El avión ha sobrevolado la ciudad antes de tomar tierra en el aeropuerto y entre las luces he reconocido la estrella que forman el Arco del Triunfo y las doce avenidas que parten desde ahí. Aún no sé qué me ha hecho volver, pero en una hora, o quizá dos, dejaré que mis pies vuelvan a deambular por los Campos Elíseos, reencontrándome conmigo y con la música de Zaz.