Operación Fogg

Jaime tomó aire hinchando el pecho como un palomo y espiró despacio mientras observaba su imagen en el espejo. Cualquiera que lo viera habría dicho que era el mismo Jaime de ayer y de antes de ayer, pero él sabía que no era así. En dos días había madurado más que durante el resto del curso. 

Tenía la decisión tomada, el plan trazado y una vía de escape lista, pero su corazón galopaba sin control y el estómago estaba haciendo las maletas dispuesto a abandonarlo en cualquier momento, por la vía del norte o por la del sur.

Una semana estuvo debatiéndose entre el sí y el no. Necesitaba una acción drástica para una situación desesperada. Se convenció de que el fin justificaba los medios cuando mamá, que siempre había odiado a Willy, encontró la excusa perfecta para deshacerse de él y mandarlo de vuelta a la huerta de los abuelos, donde nació, ante el posible suspenso en matemáticas. ¿Existía un fin más noble que salvar a su mejor amigo?

Con la precisión de un relojero suizo escribió las fórmulas en pequeños trozos de papel que luego pegó con celo en el bajo de la sudadera del uniforme. Willy lo observaba deambular por la habitación y parecía comprender los murmullos con los que perfilaba el plan. Prefería mil veces engañar al profesor que dejar a su colega abandonado en el campo. Pensar que sólo lo vería los sábados que fuera a ver a los abuelos le dolía más que cualquier castigo por hacer trampas.

Comprobó por enésima vez que no se le olvidaba nada y como el soldado que se marcha al frente abrazó a Willy que le lamió la cara y le movió el rabo con alegría, justo la señal que Jaime necesitaba para poner en marcha la Operación Fogg. Se colocó la mochila y se lanzó escaleras abajo dejando un adiós apresurado en el aire como hacía cada mañana. No cambiar la rutina era fundamental para no levantar sospechas.

Por el camino hizo repaso mental. Lo más importante era que nadie le quitara la silla junto a la papelera por si tenía que deshacerse de las chuletas a toda prisa (aunque nadie quería sentarse tan cerca del profesor, sacar chuletas ahí era un suicidio). Le sudaban las manos y habría jurado que tenía sobre el hombro izquierdo un mini Willy con una diadema de cuernos rojos moviendo el rabo sin parar. Tendría cinco minutos para copiar las fórmulas en el papel que el profesor dejaba para las cuentas en sucio, ese era el tiempo que tardaría en repartir el examen por la clase. Una vez que las tuviera en el papel, nadie sospecharía y Willy estaría sano y salvo para siempre en casa.

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