La violinista del tejado

La piel de las manos de Alejandra Ivanovna estaba surcada de valles dulces que contrastaban con las abruptas cordilleras que se habían formado en la coyuntura de sus dedos. En sus ojos aún brillaba la luz de los grandes teatros. Destellos de París, de Milán, de Londres… iluminaban su mirada, pero era Moscú la que le había dado el color gris a sus iris.

La última vez que sus pies subieron a las tablas del Gran Teatro tenía veinte años y era noviembre. Los días eran más fríos y grises que de costumbre. Los cuervos habían tomado la Plaza Roja y deambulaban atacando a los incautos que se atrevían a cruzarla. Algunos popes vieron en esta plaga un mal augurio, pero nadie escuchaba ya a los religiosos, el pueblo vivía ensordecido por los rugidos de los estómagos vacíos.

Alejandra Ivanovna tomó esa noche el violín entre sus manos como tantas otras. Pero de sus cuerdas no salieron ni los primeros compases del concierto de Tchaikovsky programado. Cuando el arco rozó el instrumento, las puertas del teatro se abrieron con violencia y la orquesta fue callada por la música de los rifles.

Alejandra Ivanovna logró huir con su violín entre las manos y el alma sobre las tablas del teatro. Al acariciarlo, vuelve a sentir los nervios del escenario y el miedo de las balas silbando cerca de sus oídos. Mientras sus manos deformadas por la artrosis y la mala vida tocan el ébano del mástil recuerda el hambre, los días de huida, las monedas que le tiraban en la calle cuando logró llegar a París y tocaba en cualquier esquina para sobrevivir.

La vida se había ensañado tanto con ella que no le quiso regalar una muerte pronta. Los días se hicieron cuesta arriba y las manos le dieron el aviso de que el violín no era un instrumento para una vieja como ella.

La última vez que Alejandra Ivanovna tocó el violín era noviembre y habían pasado más de sesenta años. Vestida con una sábana blanca como si fuera un largo traje de noche salió por la ventana del tejado, con dificultad, pero convencida y decidida. Tomó el arco con su mano derecha y ajustó el instrumento en su barbilla. Sus dedos, ajenos al dolor de los huesos y la vida, se deslizaron por las cuerdas con los nervios de una debutante. 

Alejandra Ivanovna dejó que los acordes del concierto en Re Mayor que quedó en el aire en Moscú le diera alas y con un paso al frente, su música quedó para siempre en el aire de París.

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