Cría cuervos

Más de veinte años juntos y nunca te oí hablar de tu muerte, Víctor. No es que te creyeras inmortal, pero no imaginabas acabar tan pronto ni así.

Soñabas con volar, con ser piloto, con navegar por las nubes. Pero tu último vuelo fue por encima del manillar de la moto. Un semáforo en verde, el tuyo; un semáforo en ámbar y un pie con prisa apretando el acelerador, el suyo. De nada te sirvió el casco, fueron las costillas las que firmaron tu certificado de defunción.

No sentiste nada. Eso dijeron los médicos, pero nos cuesta creerlo, Víctor. ¿Cómo no ibas a sentir que el hueso atraviesa tu corazón? Siempre fuiste un tipo duro, quizás esta vez también.

Ahora estás solo en una caja detrás de un cristal blindado. Tus amigos estamos todos aquí, aunque no podemos acercarnos. Dicen que la madera es cálida, pero todos sentimos que te han metido en un bloque de hierro frío, inerte, denso. Hay gente sentada en los sofás. Algunos están en silencio, pero la mayoría habla de ti y todos bien. Siempre te has reído de la gente que solo ve lo bueno de las personas cuando se van. Hoy también te reirás escuchando como no recuerdan que decían que eras un caso perdido, que con la música no ibas a llegar a nada. Ahora no les importa. Ya sólo eres un chaval soñador con toda la vida por delante.

La voz de tu madre sobresale, seguro que puedes oírla sobre el murmullo de la sala. Habla con el seguro. Te juro que me entran escalofríos. No te gustará verla ni escucharla, Víctor. Rosalía chilla a alguien que, al otro lado de la línea, sólo quiere hacer su trabajo. No recuerda que estas aquí, a poco más de un metro y que tu cuerpo aún está caliente. Grita y grita que le paguen lo que decía tu póliza para el caso de fallecimiento. Y lo quiere ahora.

Algunas personas la están mirando y cuchichean. Ella no parece recordar que esto es tu funeral, sólo reclama, exige, requiere… Amenaza. Tu padre se ha acercado e intenta calmarla. Tienes razón, Víctor, es un buen tipo y está sufriendo tanto por ti como por tu madre que sigue pidiendo que le paguen lo que le deben, que tiene derecho.

Derecho, Víctor. Tú también tenías derecho a vivir y no a verte en una caja que ya mismo será polvo. Habla de justicia, Víctor, como si seis o diez mil euros le van a quitar el dolor de no estar más contigo, de no oírte aporrear el piano como te ha dicho siempre.

Sus voces podrían despertarte, pero sólo ha conseguido que uno a uno nos vayamos, hundidos entre la pena de perderte y la vergüenza ajena de su comportamiento. Un último adiós antes de irme. Un regusto amargo al ver a tu madre hablar de dinero como si importara. Siempre tienes razón, Víctor, te criaron cuervos y te van a sacar los ojos.

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