El diablo no logró pillarme. Durante meses estuvo acechando mis pasos, esperando un movimiento en falso. Su sombra se deslizó por las paredes como una niebla densa en una mañana fría, pero yo aprendía a escabullirme por los rincones, allí donde no llegaban los rayos del sol ni el reflejo de las llamas que danzaban en la chimenea.
Todo empezó con un susurro, una invitación a jugar. Una voz me prometía acabar con el dolor si me dejaba cazar, pero ¿qué pasaba si ganaba yo la partida? No me lo dijo, sólo rio. A cada paso sentía su aliento metálico en la nuca, un filo agrio que podía cortarme la piel si daba un paso en falso.
Esperaba conteniendo la respiración hasta que lo sentía volver a poner su rostro inerte sobre la pared. Sólo entonces, mientras él relataba su cuenta atrás, avanzaba hacia adelante recordando el epitafio que decoraba el mausoleo familiar: “aunque la muerte te persiga, sonríe y avanza con la mirada al frente”.
Y así lo hice. En la noche sentía el peso de su presencia sobre mi pecho, dejando sin resuello los pulmones. La casa crujía con saña y los relojes se paraban marcando la partida final. Pero yo me mantenía quieta, dejando que sus dedos huesudos, fríos y ásperos recorrieran mi cara dejando el aviso de que había venido a por mí y no me dejaría escapar.
Con el primer rayo de sol el contador se ponía a cero. El diablo volvía a su rincón de ultratumba esperando una nueva partida al caer la noche. Lo escuchaba contar: un, dos tres… un, dos, tres… como si quiera marcar la espera con el ritmo de un vals macabro que bailaríamos juntos.
Pero me cansé de su danza, de su juego y de esperar cada noche la última caza. Sigilosa, como si mis pasos no rozaran el suelo, me deslicé hasta su espalda y colocando mi mano en la pared le susurré al oído “casa”.