Día 13 de octubre.
¡Por fin hay fiesta en mi calle! Lo miro y no creo lo que ven mis ojos. Por mi ventana, hacia atrás y hacia adelante, pasa un hombre alto y moreno, bien dispuesto, con unos ojos negros profundos. ¡Qué bigote tan bonito! Es ya el quinto día que pasa, desde por la mañana temprano hasta que es tarde por la noche, y siempre mira hacia nuestras ventanas. Finjo que no estoy prestando atención.
Día 14 de octubre.
¡Vaya fiesta la de anoche! Pasé horas con mis amigas bailando con la charanga que había contratado el Ayuntamiento. Vale que las canciones eran de la época de mi abuela, pero con dos copas una baila hasta Paquito el Chocolatero. El hombre de la ventana andaba también por allí y seguía mirándome. Volví a fingir que no lo veía.
Día 15 de octubre.
Todavía me vienen a la cabeza fragmentos de la fiesta. Las dos copas se multiplicaron por dos a cada hora. Pufffff vaya vacilón. El tío de la ventana se pasó toda la noche mirando desde la barra, cerveza en mano con pose de polícia de serie de los setenta como las que veía mi abuelo. No sé cómo llegué a casa, pero las medias las tuve que tirar.
Día 17 de octubre.
Sigo teniendo las manos y las rodillas llenas de heridas, la noche de la fiesta me caí al volver a casa. No vi el bordillo al subir al acerado. Las manos y las rodillas me sangraban, las medias para tirarlas. ¡Qué vergüenza! Menos mal que sólo me vio el tipo de la barra. Se ve que vive cerca y fue el que me recogió del suelo.
Día 20 de octubre.
El tipo que me recogió del suelo ha traído un ramo de flores a casa y le ha preguntado a la abuela por mí. Ella lo ha despachado ligero, acosadores a ella. Aunque no ha tenido que ser un trago fácil porque tenía los ojos rojos de tanto llorar.
Día 23 de octubre.
Esta noche he vuelto a ver al tipo de la ventana. Me ha seguido cuando salía del cine. He intentado cambiar mi camino de siempre, pero mientras más rápido andaba, más rápido andaba él. He entrado corriendo en el portal y he cerrado de un portazo cuando ya casi me alcanzaba. Le he escuchado decir mi nombre al otro lado del cristal, ¿cómo lo habrá sabido? No he podido dormir en toda la noche, he sentido mucho miedo, pero no he podido contarle nada a la abuela, la he notado algo pachucha.
Día 30 de octubre.
La abuela está en el hospital, su corazón no está nada bien. No quiero quedarme sola. Ya tuve que decirle adiós al abuelo y nunca supe nada de mamá ni de papá. Al menos he dejado de pensar en el tipo que me ha perseguido estos días, aunque no estoy tranquila. Se lo he contado a mis amigas, dicen que soy una paranoica y que ellas no vieron a ningún tipo mirándonos desde la barra el día de la fiesta.
Día 1 de noviembre.
La abuela ha muerto. Las vecinas han estado conmigo en el entierro, pero, al llegar a casa, no había nadie. He preparado un chocolate caliente como hacía la abuela cuando me veía triste y me he sentado en su butacón con la taza entre las manos. No hace frío en la calle, pero a mí me ha calado hasta los huesos. Debe ser la temperatura de la soledad. Me ha parecido ver al tipo de nuevo, en el cementerio. Tengo miedo, mucho, no parece que sean ideas mías.
Día 2 de noviembre.
Al abrir la puerta de casa, el tipo estaba ahí. He querido gritar, pero no me ha dado tiempo, mientras mi boca se abría ha soltado de golpe “Vanessa, soy tu padre” y me he quedado muda.