Andrés y Mateo nacieron el mismo día, a la misma hora y en el mismo hospital. La rueda del destino quiso que además fueran vecinos.
Andrés era muy listo, aprendía rápido. Ambicioso, responsable, siempre manteniendo la compostura. Los profesores lo ponían como ejemplo a seguir y los vecinos se sentían orgullosos de que un niño como él creciera en el barrio. A Mateo no le gustaba el colegio, le costaba concentrarse y olvidaba lo que aprendía, además era ruidoso, se reía sin venir a cuento con sonoras carcajadas que hacían que todas las miradas se volvieran hacía él con desaprobación.
—Ese chico vive en su mundo —decían las vecinas—. No da para más.
Andrés escuchaba esos comentarios en silencio, satisfecho de que Mateo no pudiera hacerle sombra. Se negó a explicarle los deberes y huía cuando Mateo se acercaba, no quería que nadie los viera juntos.
A Mateo no le importaba lo que decían de él y salía corriendo por el portal para que Andrés no se le escapara. Pero siempre lo hacía. Y él se cansaba de buscarlo así que terminaba sus tardes de juego en el descampado del barrio, observando los nidos de gorriones y los pequeños insectos que habitaban en él.
Una tarde de verano Andrés se fue. Le esperaba un futuro en las juventudes del partido reformista y una plaza en una universidad privada. Mateo lo vio alejarse desde su ventana, sin tristeza ni envidia, hacía mucho tiempo que había aprendido que no lo quería ni como amigo ni como vecino.
Con apenas treinta años Andrés volvió al barrio como secretario de urbanismo del Ayuntamiento, un puesto bien pagado y conectado, su trampolín a la capital. Reunió a los vecinos para informarles de la próxima construcción de un aparcamiento en el solar que durante muchos años había hecho las veces de parque. Para los vecinos no era sólo un descampado: era el campo de fútbol, la pista de patinaje, el escenario de los primeros amores… era el alma del barrio.
Durante la asamblea, desplegó planos y habló con términos complicados para parecer más importante: “optimización de espacios”, “flujo de tráfico”, “impacto mínimo”.
—En resumen —dijo—, esto es progreso.
Los vecinos murmuraban. Andrés los miró satisfecho y seguro de que no iban a echar atrás el proyecto ni dejarlo sin comisiones. Mateo había estado callado todo el tiempo, mirando los planos con tristeza, no lo entendía bien, pero en su cabeza todo era más sencillo.
—¿Puedo decir algo? —preguntó con timidez.
Algunas personas sonrieron con condescendencia. Andrés miró el reloj y lo invitó con malicia a tomar la palabra.
—No entiendo mucho de flujos, pero sí del barrio y aquí —señaló el plano— aprendí a montar en bici. Y aquí me caí, me eché abajo las rodillas. Y aquí Andrés le metió un gol a los de San Gerardo aunque eso para él no es importante. Si ponen coches los niños no tendrán dónde caerse, ni dónde marcar goles.
Se hizo un silencio incómodo. Mateo respiró hondo.
—¿Esto es progreso? Para mí lo sería si los niños tuvieran más sitio para jugar, no menos. Nos quieres quitar el corazón del barrio…Yo creo… que… deberíamos manifestarnos.
Terminó y se sentó, rojo hasta las orejas. Nadie habló. Algunos aplaudieron. Andrés carraspeó incómodo viendo como el tonto ponía en riesgo su negocio. Dijo que tomarían en consideración “las sensibilidades del vecindario” y cerró la reunión con prisas.
—Siempre he pensado que yo era el listo y tú el tonto. —Mateo sonrió, sin ofenderse— Ahora tengo dudas.
—Entonces… ¿soy listo o sigo siendo tonto?
Andrés sonrió.
—Ya veremos…ya veremos.