La geisha y el samurai

La geisha desnudó su cuerpo, como tantas otras veces. Cogió con delicadeza su kimono hecho jirones y lo dejó sobre la mesa. No le quedaba nada. Su sonrisa, pintada sobre el rostro; sus ojos, vacíos de vida; su piel, cuajada de cicatrices invisibles a los ojos pero no al alma como tatuajes que reflejaban la mezquindad de sus vivencias. Sin más disfraz que su piel se sentó frente al samurai.

Se derrumbó. Había maltratado su cuerpo, había prostituido su sabiduría, se había vendido por menos de nada. Sola, entre una multitud de gente que la juzgaba, que la jaleaba, que la vendía; vacía, sin esperanza, sin mañana, sin ilusión; humillada, como sólo pueden serlo las personas que se entregan de verdad y a la verdad.

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El samurai dejó su armadura junto a las descoloridas telas del kimono. Tomo el balde con sus manos y le lavó con mimo la cara. Dejó que el vital elemento arrastrara todo el maquillaje, toda la máscara que la había escondido tanto tiempo, y se escurriera sobre ella, dejando primero un leve rastro blanco y, después, la dulce sensación del agua arrastrando los sinsabores.

La geisha abrió los ojos a la novedad, a la ausencia de interés en las manos del samurai y dejó que toda la fuerza de él penetrara por sus poros insuflando vida a su adormilada existencia. Dejó que la frialdad del agua erizara su vello y contempló su reflejo en la brillante armadura que el samurai le tendía.

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Una vez más se dejó hacer. Pero esta vez era distinto. Esta vez, mientras el samurai vestía su cuerpo con la armadura que le había llevado tantas veces a la victoria, supo que la vida empezaba. Ya no había maquillajes ni volvería a venderse.

El guerrero le entregó su espada. Ambas caras reflejaron a las dos personas aunque, misteriosamente, parecían una. El samurai le había dado su armadura, su espada y su fuerza para recibir gustoso sus miedos, sus tristezas y sus miserias.

Los almendros florecieron.
La geisha sonrió por primera vez.
El samurai supo que había ganado otra batalla.

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