¿Cuándo matamos a la Ilusión?

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Hacerse mayor es la peor enfermedad que ataca al ser humano y no se trata precisamente del envejecimiento de las células, eso es un proceso biológico que no depende de nosotros. De pequeños nos empeñábamos en ser mayores sin saber lo que se nos venía encima y ahora, todos soñamos con volver a ser niños y a vivir una vida sin complicaciones.

No nos felicitaban por la cabalgata. A la cabalgata íbamos de la mano de nuestros padres, abrigados como si no existiera un mañana (porque esa es otra, antes el invierno, era invierno y no esta eterna primavera en la que vivimos que puede ser uno de los motivos por los que creemos vivir en una eterna Cuaresma). Veíamos pasar los Reyes, cogíamos caramelos y después de un poquito de Roscón de Reyes (al que le gustara), nos íbamos a dormir temprano para levantarnos más temprano aún.

No íbamos a comprar los regalos con nuestros padres. Nos guardaban el secreto y hacían encajes de bolillos para que no nos enteráramos de nada. Descubrir la verdad era el momento en el que, por desgracia, dábamos el primer paso hacia una adultez que nos vuelve a todos un poco gilipollas.

No había 25000 carteros reales pero todos teníamos la foto con el paje que se ponía en El Corte Inglés igual que teníamos la foto con los teléfonos de góndola porque era el sitio más ideal de toda tu casa según tu madre.

No había nada, sólo había ilusión.

¿Cuándo acabamos con la Ilusión? ¿Cuándo empezamos a vivir con prisas?

Cada año que pasa adelantamos antes los acontecimientos y, al final, acabamos viviéndolos como una obligación, sin disfrutarlos. De pequeños vivíamos las esperas con ilusión, con nerviosismo, con alegría pero jamás nos adelantábamos a los días que estaban por venir pero ahora, hemos convertido la espera en la verdadera fiesta para cansarnos pronto y buscar, más pronto aún, una nueva víspera. Hemos olvidado el sabor de las cosas. Hemos perdido la inocencia al mismo tiempo que hemos matado los sueños. Nos hemos convertido en autómatas de la “alegría”, nos reímos por inercia, soñamos porque nos dicen que hay que soñar, bailamos cuando nos tocan el son que alguien quiere, bebemos porque toca beber y amamos…¿quién sabe cómo amamos?

Dejamos de ser niños cuando aprendimos el sentido del tiempo, cuando nos creímos aquello de que el año son 365 días, cada uno con 24 horas y cada una con 60 minutos. Cuando éramos niños vivíamos cada día como una aventura. Los días eran largos y las vacaciones se hacían casi eternas pero no vivíamos en una constante contrarreloj. Desconocíamos lo que era el tiempo y lo que significaba su paso.

¿Cuándo la ilusión se convirtió en una estrella de mentira montada en una carroza?

Ojalá los Reyes nos devuelvan sacos de ilusión pero no sólo para hoy sino para que todos los días, cuando más parezca que hemos crecido, cantemos más fuerte ¡Oooohhhhhhh dubidu quiero ser como tuuuuuuuuu!

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