Cruce de caminos I: las gafas de sol rojas

gafas de sol rojas relatos cortos

Me la encontré en la cafetería en la que acostumbro a tomar café todos los viernes a media mañana. Sigo siendo un animal de costumbre y cuando encuentro un lugar donde el café es bueno y puedo leer tranquila, repito y repito en bucle.

Estaba junto a su madre, desayunando una tostada y un zumo de frutas. Era curioso verla allí entre oficinistas y alumnos del conservatorio municipal. Era día de colegio pero ella estaba allí, desayunando tranquila. Tal vez hubiera tenido que acudir a una cita médica o quizás no fuera de la ciudad y no tenía colegio. Apenas tendría cinco años.

Iba vestida de sport, con unas divertidas mallas y una camiseta pero lo que más llamaba la atención eran sus gafas de sol rojas. Las sostenía en sus manos y las miraba pensativa, como sólo saben mirar los niños cuando están intentando resolver alguna dificultad. Se las ponía e, inmediatamente, se las quitaba torciendo la boca y frunciendo el ceño, algo no acababa de salir como ella quería.

Su madre hablaba con la camarera para que le cobrara y ella seguía insistiendo con sus gafas. En seguida me di cuenta de dónde estaba el problema, es imposible llevar diadema y gafas sin tener un cierto dolorcillo tras las orejas. Sonreí. Me había pasado tantas veces que ya había optado por llevar las gafas de sol y ponerla de diadema con la evidente consecuencia de que, al final, no me ponía nunca las gafas y en la calle miraba con los ojos achinados para evitar las molestias del exceso de luz.

Se dio cuenta del problema y se quitó la diadema de pasta amarilla. Se la dio a su madre que seguía esperando el cambio. La madre le riñó y le pidió que se volviera a poner la diadema porque la iba a perder. Ella lo intentó de nuevo, como si en esta ocasión las gafas y la diadema fueran a hacer buenas migas. Pero no fue así. Se quitó de nuevo la diadema enfurruñada y se la dio a su madre.

Se colocó coqueta sus gafas de sol rojas y no atendió a las palabras de su madre que se dio por vencida. Aquella pequeña de lógica aplastante le hizo ver que en el siglo XXI, las mujeres, para presumir, ya no tienen que sufrir.

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