Cruce de Caminos II: Las Bodas de Oro

Hace años, cuando trabajaba en el centro, acostumbraba a compartir en mis redes sociales “Historias de Autobús” porque, el trayecto diario, era una caja de sorpresas. Ahora cojo menos transporte público y ando más, hay que moverse pero tengo menos historias que contar, no puede tenerse todo en la vida.

Hoy he cogido uno de media distancia. Algo más de una hora se ha convertido en casi dos por un curioso atasco en una autovía que vive en obras desde que se hizo. Y va a dar a las playas. Y al Rocío. Y allí que me he ido yo, con la flor plantada en “to lo arto” de la cabeza.

Y allí que ha venido ella. Rubia, cuarenta años y más lengua que la que saca un camaleón cuando va a cazar una mosca. Ha empezado por las bondades de su costurera que le ha reformado con maestría un traje que ni cuando lo estrenó era bonito. Y así se ha llevado el cuarto de hora de la cola para montarnos. Yo le he rezado a la Virgen para que se montara en otro autobús y luego he rezado para que no se montara justo detrás.

Pues se ve que la Virgen andaba ya liada con las presentaciones porque no he tenido suerte y con mi gozo en un pozo, en casi 80 kilómetros me ha puesto la cabeza como un bombo y eso que no hablaba conmigo.

Cuatro llamadas de teléfono después hemos llegado a la Aldea y yo ya sabía que era de Gerena y que el pueblo había estado en fiestas pero que no habían ido porque habían estado en la feria de Sanlúcar de Barrameda y que no habían hecho el camino porque “no se puede estar en todo”.

Y así, entre fiesta y fiesta, le ha contado a los 4 que sus padres se recasan por las Bodas de Oro y que lo hacen todo en los mismos sitios que hace 50 años pero que las flores de la Iglesia le parecen una tontería porque va a ser poco tiempo y que, por favor, le mandaran el contacto de una tuna porque se lo iban a regalar en la celebración, nada, una cosa sencilla, cuatro o cinco piezas entre las que, imagino, incluirá clavelito pero esto ya es cosa mía que parezco de la familia.

Y kilómetro tras kilómetro ha repetido la historia tanto que casi he buscado yo en Google a la tuna, por ver si se callaba. Pero al final, he seguido con mi silencioso viaje porque, en boca cerrada, no entran moscas, ni tunantes. 

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