Cruce de Caminos XX: el Poticidio

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Me los encontré tomando café. Había cambiado mi punto de avituallamiento y aquellos parroquianos me eran completamente desconocidos. Eran cuatro y se sentaron junto a mi en una mesa alta y larga de madera.

Se notaba que trabajaban juntos y que aquella era la hora del desayuno porque todas las conversaciones giraban en torno a la vuelta al trabajo que, aunque ya hacía más de diez días, aún coleaba entre ellos el síndrome postvacacional. Realmente no eran nada excepcional, era el típico grupo de oficinistas que podríamos encontrar en cualquier otro bar a media mañana.

Estaba demasiado metida en el pequeño mundo de mi móvil y mi café hasta que una frase de su conversación me llamó la atención.

“Es cateta y cutre…ha llegado el momento de librarnos de ella”.

Lo dijeron con tal seriedad y llegando incluso a bajar el volumen de su conversación que me revolví en mi taburete con incomodidad, algo inquieta, y puse algo más de atención a aquel trágico plan que se estaba gestando. A medida que avanzaba la conversación, la intención de los planes se hacía más clara. Estaban planeando un asesinato.

Me sorprendió la tranquilidad con la que organizaban el plan. Era el momento justo, su protector aún no había vuelto al trabajo así que estaba completamente a merced de las intenciones de los cuatro.

Continuaron con su estratégico plan mientras uno de ellos mostraba su claro desprecio por cualquier tipo de ser vivo y los demás comentaban que era necesario esperar a que las limpiadoras se fueran. Los cuatro asintieron mientras daban un bocado de sus medias con aceite, tomate y jamón.

La primera en liberar la boca de la tostada recapituló el plan completo: esa misma tarde se quedarían un rato más haciendo como que trabajaban a la espera de que las limpiadoras se marcharan. Entonces la cogerían y la llevarían a la calle, no podían dejar restos en la propia oficina. Buscarían el contenedor de basura más escondido y entonces lo harían, se desharían de aquel horrible poto que seguía creciendo más de lo recomendable e inundaba todas las mesas con sus hojas.

Di el último sorbo y me fui. Los dejé allí criticando a los de otro área del trabajo mientras yo pensaba en volver esa tarde a por el poto…conmigo tendría un final feliz…lo pondría en mi azotea y, al cabo de una semana, olvidaría regarlo.

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