Emmanuel

gran poder emmanuel reflexiones

Cuando la última hoja del calendario cae sobre los gastados adoquines de la ciudad que dormita, entre anhelante y festiva, esperando el tímido desperezar de los días que, como el alfa y el omega, se abren con los doce repiques de la Torre Alta y el agua calma que viste sus orillas de Esperanza, acunan el inicio de un nuevo año.

En ese instante en el que la vieja y la nueva luna se funden, en la conjunción perfecta de un cielo que sueña abriles; sólo en ese tímido suspiro del aire que acaricia y mece a las hojas adornan su plaza, Sevilla es consciente que, como un eterno milagro del año que empieza, Dios es con nosotros.

Trazos de gubia y cedro, crono de la vieja Sevilla que se recuesta sobre el tic tac de un reloj que, en esta ocasión, retrasa la Cuaresma pero que, como la ilusión de la epifanía en esa ciudad aún niña, nos invita a recordar que el calendario y sus lunas nada tienen que ver cuando Dios está con nosotros.

Los pasos del Señor resuenan por las callejas. Zancadas que nos acercan a su cielo circular y a las siete vueltas que ciñen su cintura con rezos y plegarias porque Dios, que se hizo carne y madera en un rincón de la vieja Híspalis, hoy vuelve a hacer latir el corazón de urbe, consciente de que su bendición atraviesa sus vetustas murallas, alcanzado al orbe y recordándonos que Dios, está entre nosotros.

Entre los pequeños y entre los humildes. Entre los que sufren y buscan el consuelo en la bulliciosa soledad de su camerín. Entre los que no creen pero tiendes manos que se vuelven puentes. Entre los que esperan y entre los que desesperan. Está en quien llora y en quien ríe. Está en los pliegues de las curtidas pieles de los abuelos que ya no recuerdan su rostro y en suave piel de quién abre los ojos a la vida. Dios está en quienes permanecen y en quienes se fueron, en los que vendrán.

Emmanuel, coronado de espinas, cargado con nuestra cruz nos aguarda con la mirada serena y dulce porque Dios, a pesar de todo, incluso de nosotros mismos, está con nosotros. Porque la vieja noche ha parido un nuevo día y el Niño Dios, se vuelve hombre y nos recoge en sus paternales brazos. Déjate acunar. Siente la calidez de su espíritu y, en un suspiro, vuelve a enamorarte de su semblanza. Sueña, que la vida comienza cada 1 de enero cuando por San Lorenzo, Dios está con nosotros.

Y entonces, sólo entonces, todo vuelve a cobrar sentido.

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